#Sevilla, bendecida por el Guadalquivir (III)

El paseo por el borde del río Guadalquivir, es uno de los tantos placeres que tiene esta ciudad donde el calor azota en los meses de verano, aunque en esos momentos haya que hacerlo bien temprano o pasadas las 9 de la noche. Kilómetros a lo largo del río son un escape para quienes habitan Sevilla y se lanzan a correr, a montar en bici, a patinar, a pasear, incluso a dejar su huella en graffitis que adornan la calle Rey Don Juan Carlos I.

La cercanía al río continúa por el Paseo Alcalde Marqués del Contadero en un camino que separa a Sevilla de Triana, como en la otra separa Sevilla de La Cartuja, zona rescatada con motivo de la Exposición Universal del 92. De hecho por la década de los 80 se perfeccionó este desagüe del río para evitar las continuas crecidas que ocurrían en la ciudad y suponían siempre pérdidas para los sevillanos y sevillanas.

Las tierras del Aljarafe llegan a la ciudad y la nutren de cinco río: Un río de agua, un río de aceite, un río de vino, un río de leche y un río de miel. De estos cinco ríos, el Río Grande, el de agua, el Guadalquivir, preside nuestras vidas de hoy y de siempre. He aquí la vena de nuestro gran comercio y de nuestras riquezas. También el flagelo de la miseria y de las horas tristes. ¿Quién no sabe de las inundaciones del Padre Betis?”

Así refiere el humanista sevillano Juan de Mal-Lara las constantes subidas del río en la capital hispalense. No solo en Sevilla pasaba el río a su antojo cuando su caudal no aguantaba sus aguas, también en poblaciones como Camas, Coria del Río, La Rinconada, Santiponce, La Algaba o Brenes.

Río Guadalquivir #sevillagraffiti
Graffiti en los alrededores del río Guadalquivir

Quienes marcaron su destino en los alrededores del Guadalquivir estaban destinados a padecer cada cierto tiempo las constantes crecidas. Antes, sin previsiones meteorológicas, solo podían resignarse a abandonar sus casas y pertenencias, irse a la zona más elevada de la ciudad como las torres de las iglesias o sencillamente abandonarla para no terminar rodeados de agua por doquier. El episodio era constante, y los sevillanos ya resignados, solo esperaban la luz del nuevo día, y que el Betis recordara a sus hijos para volver a su nivel y que estos pudieran recuperar su día a día.

La creciente economía de la zona, marcada por el comercio, la ganadería y la agricultura, se veía diezmada cada vez que el Guadalquivir crecía a su antojo. Aunque ciertamente el poco cuidado de sus habitantes, quienes se olvidaban de limpiar las salidas naturales del río, costaban parte de la cosecha y diezmaban a la población por la falta de alimentos y las enfermedades. El catedrático de la Universidad de Sevilla, Francisco de Borja Palomo, recogió en 1878 en una de sus obras, “Historia crítica de las riadas o grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla desde su reconquista hasta nuestros días”, más de ochenta inundaciones entre 1297 y 1877 en los alrededores de Sevilla. A esta cifra habría que añadirle muchas otras posteriores, hasta superar las ciento veinte.

Algunas de estas inundaciones se pudieron conocer gracias a la constancia que de ellas dejaron historiadores como Fernando Díaz de Valderrama, quien firmó bajo seudónimo el “Compendio histórico descriptivo de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, metrópoli de Andalucía”, donde dice que la inundación de 1297 fue de tal magnitud que los recursos propios no eran suficientes y tuvieron que recurrir a la reina Doña María, madre del Rey Don Fernando IV, quien les concedió 10 mil maravedís –la moneda de la época– anuales para la restauración de la ciudad. De la riada de 1618, señala Baltasar Cuartero y Huerta, se inutilizaron veinte fanegas sembradas de trigo y hasta un hombre a caballo murió al ir de Camas a Triana.

Triana era una de las zonas donde más crecidas ocurrían en Sevilla, su cercanía al río y la baja altura de sus tierras la hicieron víctimas de inundaciones en 1683 y 1684. El cabildo eclesiástico y el arzobispado no paraban cuando las aguas del Guadalquivir dejaban respirar a la ciudad y sus alrededores. El año 1777, cuenta Juan José Antequera Luengo:

“fue muy lluvioso y de grandes temporales, continúandose así hasta el siguiente. Para dar idea de la situación, sólo el cabildo eclesiástico repartió 5.500 hogazas de pan blanco el día 15 y siguientes entre varios pueblos y demás sitios de la ciudad, cuya clase menesterosa no podía salir a ganar jornal”.

Entre las inundaciones que eran imprevisibles y la necesidad de acercar más el puerto de Sevilla al mar, la mano del hombre tomó cartas en el asunto y comenzó a construir cortas a lo largo del caudal. El poder controlar en parte la fiereza del río Guadalquivir a partir de 1795, permitió también aumentar la productividad de estas tierras y especializarlas en cultivos que precisan de mucha agua como el arroz.

Paseo del Rey Juan Carlos I, Sevilla
Hay toda una colección de graffitis a lo largo del Paseo Rey Juan Carlos I 

Según refiere el diario ABC en un artículo publicado en 1981, con motivo de una nueva corta al río, los principales objetivos fueron: “mejorar las condiciones de desagüe del río, facilitar la navegación y aumentar la productividad de tan extensa superficie, que hasta entrado el siglo XX tenía un valor prácticamente nulo desde el punto de vista de la agricultura y muy escaso desde el de la ganadería”.

Las obras para mejorar el Guadalquivir fueron sobre todo la eliminación de las muchas curvas de la parte alta de la ría, mediante la apertura de cauces artificiales o cortas. Así se redujo la distancia y los barcos no se veían obligados a seguir cerradas curvas, a veces muy peligrosas para las embarcaciones cada vez mayores. La primera de estas, en 1795 a la altura de Coria del Río, evitó cerca de diez kilómetros a los navegantes, cambiándolos por unos seiscientos metros. En 1816 se realizó otra, la llamada corta Fernandina, que redujo el recorrido de dieciséis kilómetros a unos mil seiscientos metros. Por su parte, la corta de Los Jerónimos en 1888 con unos seis kilómetros seiscientos metros ahorró trece kilómetros del cauce natural.

En el siglo XX se realizaron unas cuatro cortas, incluyendo la de 1981. En 1926 la corta de Tablada permitió el traslado del puerto de Sevilla del Paseo de Colón al puente Alfonso XIII, donde tendría 800 metros para sus muelles. Con una longitud de seis kilómetros, el cauce del río se redujo en cuatro kilómetros. En 1949 se termina la esclusa de la Punta del Verde y el tapón de Chapina para que las labores en el nuevo puerto pudieran continuar incluso cuando la ciudad sufriera inundaciones. Así mismo, en 1971 se volvieron a realizar cortas en la Punta del Verde para también mejorar el desagüe del Guadalquivir en Sevilla y así evitar posibles crecidas. Esta nueva corta supuso la reducción de la distancia del puerto al mar de ciento veinticuatro kilómetros a sesenta y nueve.

Las transformaciones del cauce del río, crearon dársenas que fueron utilizadas por los pobladores de los pueblos sevillanos para plantar cultivos como el algodón y en particular el arroz. Si bien algunos historiadores apuntan que Sevilla fue de los primeros lugares del país donde los musulmanes sembraron tan preciado alimento, no fue hasta los años cuarenta del siglo XX cuando se tomó en serio las posibilidades reales de estas tierras. Por aquel entonces empezaron a emigrar familias valencianas especializadas en el cultivo del arroz a zonas hoy conocidas como la Puebla del Río, Hinojos, Dos Hermanas, Almonte y otras muchas entre Sevilla y Huelva.

FUENTE:

  • Antequera Luengo, Juan José. “Guadalquivir, Historia de un pueblo”, especial de El Correo de Andalucía.
  • “Hoy, a setenta y nueve kilómetros. El río: la historia de Sevilla por acercarse al mar”, diario ABC, 9 de mayo de 1981, reproducido en cuatro partes en la versión online del Diario de Sevilla: Sevilla y el Guadalquivir (I) (II) (III) (IV)

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