Al ritmo del tic-tac

La emisora daba la hora justa a cada minuto. Había pasado años sin oírla y aún seguía ahí, informando de cuánto sucedía en su tierra. Viva, al igual que sus recuerdos de aquella infancia en Cuba. Su mente se trasladaba a cada segundo al rincón perdido de la casa, donde su abuelo se refugiaba del mundo y se perdía entre tic-tac. Con su espíritu pilluelo, el por entonces Tonito se deslizaba lentamente por si Pipo dormía o para darle un susto. Pero… el pillo era pillado y las carcajadas rompían con las noticias que salían de la radio.

Alzado en brazos, el pequeño no paraba de reír hasta caer en el regazo del abuelo que entonces comenzaba a contarle las historias de cuándo él era joven y casi no existían emisoras de radios. En aquel tiempo toda la familia se reunía alrededor de aquel mágico aparato del cual salían voces, a veces cómicas, a veces tristes, como la vida misma. Las radionovelas era de los pocos momentos en el que la familia estaba junta y “claro está, la hora de comer. Familia unida, comida feliz”, sentenciaba el abuelo.

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La vida del abuelo, se antojaba en sí misma una radionovela o al menos en cada una de sus memorias aparecía la radio por algún lado. Las ondas lo acompañaron en la fábrica de colchones donde trabajó en su juventud por unos veinte pesos. La mirada cómplice de aquella muchacha surgió al mismo instante que el primerísimo de los boleros. “Tristezas me dan tus…” y el abuelo tarareaba sin cesar aquel triste bolero, para volver con la certeza: “Tristeza ninguna, Tonito, tu santa abuela solo me dio alegrías toda la vida”.

Y con la mirada perdida como quien busca a la mujer amada durante tanto tiempo, seguía contando cada detalle de su peculiar vida en aquel país extraño, que al final era el mismo, “pero sin televisión, con más ropa y más decoro”. Nunca llegaba a enterarse de todo cuánto el abuelo contaba, eran tantas que para las últimas sus párpados diminutos cedían al sueño y ahí quedaba, rendido en sus brazos.

Ahora, a kilómetros de distancias de su tierra, con todo un océano de por medio entre sus recuerdos y su vida, Don Antonio sintonizaba Radio Reloj a través de Internet, para oír, no las noticias de Cuba, si no la voz de su abuelo y los buenos momentos que pasaba en su regazo. En una residencia de Madrid, esperaba ansioso cada semana el día en que su hijo traía a su nieto Tonito y él trataba, siempre con la sensación de quedarse corto, contarle su vida al ritmo del tic-tac. 

P.D. Este microrelato es parte de una tarea de clase de la asignatura Escritura Creativa: crear una historia sobre la radio. 

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