Crítica

Ante las buenas crónicas uno calla, que hable Manuel González Bello:

Le tengo aprecio a mi vecino, y estoy seguro de que él me respeta, aunque seguramente sin quererme mucho. Tenemos contradicciones no antagónicas, como decían los manuales. Los manuales ya no dicen, por suerte. Con ánimo de ayudarlo, limpiamente, sanamente, le digo que ese pelado que se ha hecho no le queda bien, que mejor sería otro. Y me responde que quién soy yo para juzgar su pelado. 

Ayer mismo, le dije que la escalera de su casa estaba con colillas, papeles y otras suciedades. Me explicó que su escoba ya estaba muy vieja, que no tenía otra, que entendiera que no podía barrer todos los días. Qué sabes tú lo que es no tener una buena escoba, me dijo de mal humor. Y créanme, le hablé sin intenciones de ofenderlo. 

Mi vecino es cocinero. Hace poco me invitó a almorzar. Todo le quedó exquisito, pero el postre tenía demasiada azúcar. Como a pesar de todo siempre me ha dicho que le diga mi criterio, que para eso soy su vecino, le di mi opinión sobre el exceso de azúcar. En mala hora. Me dijo que si lo quería mejor, lo hiciera yo. Ahí entramos en un debate filosófico, en el que yo le expliqué que el cocinero era él, que yo no hacía dulces por aquello de zapatero a su zapato. 

Una tarde conversábamos en su portal y con la mayor buena fe le comenté: qué casa tan bonita la tuya, qué lástima que no la hayas podido pintar. Se formó la guerra. Me explicó lo de la falta de tiempo, que la pintura no abunda y cuesta muy cara, que si no me gusta su casa me mude para otro barrio. Intenté decirle que era un simple comentario, que mi propósito no era ofenderlo. Por último me dijo que era un mal agradecido, pues me invitaba a su casa y venía a criticársela. 

Total, si yo no lo había criticado a él, sino más bien había lamentado solidariamente que su casa necesitaba pintura. Eso, además, era algo sabido, pues se veía y lo comentaba todo el vecindario, de manera que yo estaba descubriendo el agua tibia. 

Ay, los ruidos. Una mañana le dije suavemente, dulcemente, casi tiernamente, que esa música hasta la madrugada nos molestaba a todos los vecinos, que por favor, la escuchara, pero con el volumen adecuado. Le dije incluso aquello de los decibeles y el oído humano que nos explicaron en las clases de física o biología, o en las dos. Pero qué va. Ahí arremetió mi vecino: que esas eran su grabadora y su casa, que quién me daba derecho a cuestionar cómo él oía la música. Que yo era un criticón, eso: un criticón. Pero además, que esa noche andaba en problemas, y no era el momento oportuno para criticarlo, que tuviera en cuenta la realidad objetiva y la realidad subjetiva. 

Les juro que no tengo nada contra mi vecino, que sólo quiero ayudarlo a mejorar, decirle lo que no me gusta, que ese es mi deber de vecino. Pero él se molesta. Y me pide críticas constructivas, y yo le explico de buen modo que no le estoy lanzando dinamita para destruirlo, y cuando ya me cansa con su autodefensa, le respondo que finalmente no soy albañil. Yo no sé, pero estoy empezando a sospechar que a mi vecino no le gustan mucho las críticas.

(publicado el 2 de octubre de 1999 en el diario cubano Juventud Rebelde)
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