Martí, el Apostol (I)

El próximo 28 de enero se celebran 160 años del natalicio de José Martí. Desde este blog avanzamos la celebración con opiniones de algunos cubanos, entre ellos yo. Hoy contamos con el Martí en Camilo García López-Trigo, quien en su blog K1000G nos acerca a la realidad cubana. Debido a la extensión lo divido en dos partes.

Y dice Camilo:

Martí ha sido la persona que, tal vez, ha estado más presente en toda mi vida… sólo superado por mis padres. Y eso me ha creado un estado de confidencia muy particular hacia el cubano más grande de todos los tiempos.


El primer recuerdo que tengo –aun antes de aprender a leer– fueron los 27 tomos morados que resaltaban en el librero de mi casa, en un lugar bien visible. Mi padre los mostraba con orgullo: “son las obras completas de Martí”. Antes de ir a la escuela, ya había aprendido a leer “Los zapaticos de rosa”. Y el tomo 16 de esa colección fue consulta recurrente durante años, fascinado al descubrir sus versos sencillos y sus enseñanzas sobre el amor, la amistad y la patria.

Ya en primaria, Martí se me revelaba menos mítico: en prescolar era un niño como yo, en la foto que tenía mi maestra sobre el pizarrón, con lazo rosado y mirada profunda. Después fue “La edad de oro” y, más tarde, era un adolescente con grillete, rompiendo piedras en las canteras de San Lázaro –durante las innumerables visitas que hiciéramos a la “Fragua Martiana”, a pocas cuadras de la escuela, gracias a la devoción que le tenía nuestra auxiliar pedagógica Juanita, una dulce mulata de gran corazón.

Aunque en todas las escuelas me insistían en rendirle honores a un busto frío, blanco y cabezón, siempre en un rincón visible del lugar de formación, prefería las clases con sus historias sobre el andar incesante del “Apóstol” por el mundo, expatriado y tratando de lograr lo imposible: unir a cubanos de aquí y de allá, reunir fondos por doquier, en la causa común de la independencia.

Conocí de sus encendidos discursos patrióticos, de sus convincentes artículos periodísticos, de sus traducciones impecables, de su verbo invencible. Tan arrollador, que una inolvidable profesora de Literatura –ya en el preuniversitario– nos confesaba su satisfacción de no haber vivido en esa época, pues no se hubiera resistido a sus palabras y no pararía hasta caer rendida de amor entre sus brazos.

Pero no todo es maravilloso en mis recuerdos sobre “el Maestro”. También me hablaron del mote de “Pepe ginebrita”, que algunas personas malintencionadas han querido atribuirle; de sus supuestas aventuras con la niña de Guatemala, “la que se murió de amor”; de su silenciada labor masónica, a pesar de la enorme estatua que preside la entrada del Templo Masónico de Carlos III; y las reprimendas, en otras épocas, por nombrarlo “el Apóstol” de la independencia de Cuba, pues era una “inadecuada” implicación religiosa para un patriota. Sin embargo, en lugar de alejármelo, estos “defectos” me lo hicieron más humano.
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