Aeropuerto

Esta semana, al fin, después de dos años desde el Viejo Mundo, voy a mi Cuba y como quiero reservar energías creativas para las casi doce horas en el avión -esperemos no se arme mucha fiesta- comparto con ustedes una crónica del periodista cubano Manuel González Bello sobre esos instantes en el aeropuerto, bien sea a la llegada o a la ida. El Maestro, como siempre, supo captar todos los matices de los cubanos en cada situación, las telenovelas son niñas de tetas, al lado de estas escenas

No veo la hora de subirme en el avión y tocar mi tierra, nos vemos a partir del viernes desde el Nuevo Mundo 😉  

El avión es como la vida y la sociedad. Están los pasajeros que viajan en primera clase, segunda, tercera y hasta los que vamos en octava. Nunca he entendido el afán de algunos por viajar siempre en primera. Total, si el avión aterriza igual. Y al final, si se cae, adiós las clases.

Pero lo bueno de los aviones no son los aviones, sino el aeropuerto. Y no el aeropuerto en sí, sino las escenas que allí se ven. Es un escenario donde ocurren hechos tragicómicos. Los griegos se hubieran dado gusto. Qué bueno: Eurípides y Esquilo tomando cerveza de latica y notas para después escribir su obras. Qué banquete. 

La llegada del pariente es todo un acontecimiento. A esperarlo van la abuela con su bastón, madre, padre, tíos, primos, las esposas de los primos y hasta algún vecino emocionado, que si le dan un chance, echa su lagrimita y todo. Sale el tipo por la puerta: abrazos, sonrisas de bobos, palmaditas y dos frases originales, creativas, fresquitas: “Oye, qué gordo estás.” Y la otra: “Oye, pero tú no te pones viejo.” Vaya, que en ese momento, si el tipo no es bobo mandado a hacer -los hay, sí- se cree a sí mismo una estrella de cine.

Ese es el primer momento. Y enseguida viene otro escalofriante, patético: la salida de las maletas. Salen. Decenas de ojos se clavan -se clavan, sí- en ellas. Si por casualidad el tipo aterriza con poco equipaje, usted escucha bajito a alguien -casi siempre un primo lejano- que comenta consternado: “Ño, parece que trajo poco.”

Si alguien se va, allá va una comitiva también. En el molote, en la caravana, usted identifica al viajero enseguida: viene una y se le cuelga al brazo, otro que se le acerca y lo mira con cara de bobo, otra que va y le arregla el cuello de la camisa.

En la despedida el aeropuerto semeja un velorio. Por allá una lágrima. Y hasta alguna dama que lamenta: “Ay, cómo se nos va.” Sólo falta escuchar la infaltable: “Ay, Dios, ¿por qué te lo llevas?” No, ya eso sería excesivo. Los dolientes están ahí, pegados al féretro, es decir, al viajero. Pero, como en el funeral hay asistentes de compromiso, en el aeropuerto también. Son esos que se ven medio apartados del grupo, como preguntándose y yo qué pinto aquí, miran el reloj y no ven la maldita hora en que parta el… avión.

El viajero debe escuchar mil consejos y preguntas antes de partir: cuídate, cuidado con las comidas, ¿cogiste el pasaporte?, pórtate bien (esa casi siempre es la esposa y el pórtate bien ya tú sabes lo que es: que no coma muchas manzanas).

Últimamente en el aeropuerto se escucha otra pregunta, dicha en un tono medio misterioso: “Ven acá, ¿llevas tabacos?” No me explico las razones de esa pregunta. Para mí que me estoy volviendo bobo. Tampoco entiendo por qué, si el tipo dice que no, el preguntador se lamenta y recrimina: “Ñooo, compaaadre; ¿cómo tú no llevas tabacos?” Ya lo digo: estoy bobo de remate.

Lo peor de la despedida es escuchar por los altavoces: “Señores pasajeros del vuelo 308 con destino a Creta, se les informa que la salida programada para las diez de la mañana será a las cuatro de la tarde.” ¡Seis horas más de velorio! Y lo peor es cuando viene un empleado y anuncia que se repartirá un refrigerio a los señores pasajeros. ¿Y para los señores despedidores qué? Nada, si a ellos nadie los invitó a la fiesta.  

(publicado el 19 de agosto de 2000 en el diario cubano Juventud Rebelde)

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