Cariño

Las buenas crónicas no mueren nunca, como esta que les traigo hoy de Manuel González Bello. Su perspicacia, buen hacer, la manera de convertir lo simple en una historia llena de matices, son cualidades de este gran periodista cubano que a cualquiera que sigue sus pasos le encantaría tener. Ojalá yo algún día llegue a ser la mitad de bueno que él, de momento me conformo con leerlo, compartir sus crónicas y algún día me aventuraré con su determinación. 
Y decía desde Juventud Rebelde:  
Confieso que al principio, hace años, cuando lo vimos aparecer, provocó nuestro rechazo. No era para menos. Pero la vida es compleja, más compleja que una vitamina. Sentíamos como una vergüenza de ver cómo la gente lo miraba. Hasta con cierta burla. Miren para eso, ay, qué cosa tan horrible. Decían al pasar. Y nosotros con rabia, odiándolo a él, tan orondo, y creciendo día tras día. Y en las asambleas, era uno de los centros de quejas: que hay que matarlo, que hay que hacerlo desaparecer, que hay que hablar con la municipalidad, que no es justo. 
Los niños, para divertirse, le tiraban piedras, y gozaban con los pequeños saltos que provocaban las piedras. Al principio, los mayores daban un rodeo, se alejaban unos metros, para no sufrir su cercanía. Porque los humanos somos así: a veces, para no enfrentar algo de frente, nos vamos de lado, como choferes, damos un corte. Pero eso, repito, era al principio. 
Cierta vez, hubo alegría en el barrio. Llegaron unos hombres con unos equipos que parecían extraterrestres y hacían un ruido horrible, un ruido de esos que provoca diálogos de sordos. Había que oír aquello. María, vinieron los cigarros. Qué carro ni carro, vinieron en camello. Oye, ¿viste la novela? ¿Y para qué tú quieres vela si hoy no hay apagón? Bueno, qué les cuento. El ruido era abundante y abundante debe haber sido el dinero y los recursos que gastaron aquellos hombres en hacerlo desaparecer a él. Pero perdieron su tiempo: siguió ahí, firme, estoico, invencible. Y con el ruido, cesó la alegría del vecindario. 
Pero hay gente empecinada. A los pocos días vinieron otros hombres, o los mismos. Con iguales equipos raros. Y unos, con cara de saber mucho, medían con unos aparatos que parecían telescopios con patas. Y hacían señas, que son palabras que se pronuncian con las manos. Así estuvieron varios días, y la gente contenta: Ahora sí acaban contigo, le decían a él. Los hombres se fueron con sus aparatos, convencidos de que lo habían destruido, de que nunca jamás volvería a existir. Para eso aplicaron horas y horas de pelea, gastaron mucho dinero, mucho combustible, muchos recursos. Cuánta inocencia: ahí siguió, más vigoroso incluso, robustecido, como si en el mal estuviera su bien. 
Y ya, jamás nunca, alguien intentó acabar con él, el gran vencedor. Pero los humanos somos complejos. Por aquello de que el roce hace el cariño, ya lo miramos con ternura, le hemos cogido aprecio, y hasta lo admiramos. Es más: nos sentimos orgullosos de él. Tanto que hasta exageramos. Porque surge entonces el chovinismo. Y usted oye a la gente: es el más grande de La Habana. Otros, más moderados, aseguran: es uno de los más grandes. Y hasta vemos en el rostro de los que pasan con cierta envidia por no tener ellos otro igual. Lo que más le apreciamos es la terquedad, la firmeza, el no dejarse destruir. 
La gente cuenta con satisfacción: nada, gastaron y pelearon por acabar con él, pero no pudieron; él es más fuerte. Y hasta quienes no lo conocen, se admiran de verlo, sin que le conozcan su historia. Y pensar que alguna vez lo despreciamos y lo odiamos. Y ahora, sin embargo, observamos con orgullo el verdor, la pestilencia y los bichos extraños de ese charco de agua. Ojalá a nadie se le ocurra nunca eliminarlo. Bueno, por suerte, parece que no hay intenciones de hacerlo. Además, ¿y los recursos?
(publicado el 28 de agosto de 1999 en el diario cubano Juventud Rebelde)

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