El cambista

Sobre este personaje devenido en banco andante de muchos países de América Latina y claro está de Cuba también, habló Manuel González Bello en una de sus crónicas que lleva este nombre. 

En la isla aún se siguen cambiando dólares americanos aunque su circulación en el país esté prohibida, de hecho al llegar a territorio cubano se cambia en CUC (peso cubano convertible), más o menos equivalente al valor del euro, aunque también existe otra moneda 20 o 25 veces inferior al CUC: el subvalorado peso cubano (CUP). 

Así que se imaginan con tantas monedas el cambista es recurrido por más de uno en el país, aunque cuando se envía dinero siempre lo cambian en CUC antes de ser entregado a las familias. Puestos en ambiente, los dejo con esta crónica de Manuel González Bello, publicada en el diario Juventud Rebelde el 7 de agosto de 1999, nos vemos:


Es cosa bien sabida que la cucaracha tiene características propias, que la individualizan como especie, que la hacen ser única, que la diferencian, que la identifican; que no más verla no queda una mínima duda: eso es una cucaracha.   En los últimos años, en Cuba ha aparecido, sin embargo, un individuo que se parece bastante a la cucaracha, sin que llegue a confundirse. Es el cambista, nombre con que se denomina al ser (¿o al no-ser?) que se dedica a cambiar dólares.   

cambio de dólares

Algo en común entre el cambista y la cucaracha es que puede aparecer en cualquier parte, aunque al igual que el animalejo, tiene sitios preferidos. La cuca, como cariñosamente se le llama, encuentra su hábitat preferido en vertederos, cocinas, cajas de libros en desuso, estantes con alimentos. El cambi procede de igual modo, se le puede detectar, sobre todo, en los alrededores de las oficinas de CADECA (Cajas de cambio), en las tiendas y, principalmente, en los mercados agropecuarios (donde, dicho sea de paso, se cometen asaltos a manos desarmadas).   


Como sus similares, el cambista anda en grupitos, pero actúa solo. La diferencia de él con ellas, es que habla. Aunque no es hombre de muchas palabras. Está programado para decirlo todo en una frase que se va haciendo célebre: Cambio el dólar. Lo dice en voz baja, penumbrosa, solapadita.   

A la cuca usted le levanta la chancleta y ella huye, desaparece. Pero no se confíe: ella vuelve a aparecer debajo de un sofá o en un rincón de la cocina. El cambista es igual. Hoy las autoridades aparecen y ellos desaparecen. Pero no lo crea: enseguida usted escucha la frase en el mismo lugar o en otro similar. Y dice: ahí está, volvió.   

Si una virtud tiene el cambi es la persistencia. Las personas se acercan a cambiar su dólar y él las asedia (siempre en voz baja, pero firme) para convencerlas de que no pierdan su tiempo en una oficina, que aquí es mejor. Y si usted lo observa bien, verá que hasta se molesta si esas personas no le hacen caso. Porque el cambi ya se cree con derechos superiores.   

En este individuo funciona aquello de que el hábito no hace el monje. Usted lo ve humildemente vestido, casi mal vestido. Pero sus bolsillos son dos cajas de banco: una para el dólar y otra para el peso. Pero el sello verdadero del tipo está en los ojos. Cuando ve a la posible presa, los ojos se le vuelven golosos, impacientes, desesperados. Usted lo mira y no le puede quedar una mínima duda: ese es un cambista.   

La cucaracha se diferencia de las hormigas en que ella no trabaja, mientras las otras, pequeñas, diminutas, sudan la frente y la espalda. En eso también el cambi se parece a la cuca.   

De antiguo se sabe que la cucaracha es despreciada y despreciable, que se le ataca con chancletas e insecticidas. En todas las casas hay una declarada guerra permanente contra la cuca. Desde niños se nos enseña y se nos hace un mecanismo de reflejo que a la cuca hay que aplastarla o envenenarla. Que ese ser es inadmisible y su presencia en la cocina, el librero o el estante es ilegal.   

Sin embargo, con el cambi a uno le entran dudas. ¿Será legal? Porque se mueve silencioso pero a sus anchas, calladito pero a su antojo, sin que se levante una chancleta (rara vez) o aparezca un rocío de insecticida. En eso, la cucaracha tiene menos suerte que el cambista. Si las cucarachas lo supieran, dejarían de comer tanta sobra y se meterían a cambiar dólares.
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