Más caras que una moneda

Los hombres y mujeres estamos llamados a formar parte de la sociedad desde el mismo nacimiento. Si en un principio la familia es el único grupo para nuestra socialización, mientras vamos creciendo llegamos a otros de vital importancia para saber comportarnos en la colectividad.

Frío Loco de Roberto Fabelo
FRÍO LOCO de Roberto Fabelo
De ser el niño, o niña, de mamá nos encontramos con toda una gran familia, sea consanguínea o por parentesco que nos ayudará, los primeros años de la vida, a aprehender las grandes reglas de la vida para coexistir con los otros. Los amigos, esa familia que escogemos nosotros, también nos ayudarán a sobrevivir en la gran selva humana.

Junto a nuestros seres queridos, familiares y amigos, es donde nos mostraremos cómo somos en realidad, sin miedo al ridículo, prejuicios y las pautas de la sociedad. De hecho siempre buscaremos personas para sentirnos nosotros mismos en cualquier sitio que estemos: la escuela, la universidad, otro país…

Pero, no con todos nos comportamos de manera igual en esos sitios. En un centro de estudio mantenemos determinadas normas para no sobrepasar las relaciones alumno-profesor, entre compañeros de aula o de grado. Lo mismo sucede cuando llegamos a un trabajo donde se espera una actitud propia de un profesional o empleado.

De ahí el temor de muchos con las redes sociales: el jefe puede ver cómo te comportas fuera del ámbito laboral. Los límites entre quienes somos con unos y otros está muy definido por todos. Hasta por mí, aunque me llenara la boca en decir que no me importa qué piensen los demás, ya tenía razón mi madre.

Así esa persona que nos atiende en una institución, desde su puesto de funcionario, por ejemplo, tiene mucho parecido con nosotros, aunque no lo creamos. Todos somos hijos, padres, hermanos, sobrinos, marido, amigos y en la complicidad de nuestra casa o la franqueza de ese entorno somos igual de abiertos. Ahí es donde vemos el valor de los sentimientos.

En tanto, cuando salimos a la calle, entre desconocidos, vamos cual robot a cumplir con nuestra jornada de trabajo. La sociedad nos pone una etiqueta, atendiendo a nuestra función en ella, por tanto tenemos que respetar las normas establecidas. No se trata dejar de ser nosotros mismos, si no ser lo mejor de cada uno en el momento y lugar exactos.

Podemos ser muy educados, pero si en una Iglesia decimos el mismo chiste vulgar que en la casa, tal vez nos tomen por unos simplones e irrespetuosos. En nuestro interior nos sentiremos unos hipócritas, pero como se suele decir la hipocresía es la base de la buena educación. A lo que el Apóstol cubano José Martí diría: “la libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía”.

Entonces, después de ver el comportamiento del hombre en los grupos primarios y secundarios, más aún: de experimentarlo como ser social, me queda la duda de cuán libre en realidad somos.

Como las monedas, tenemos dos caras o más, así nos ha hecho la sociedad para bien o para mal, ojalá sea para lo primero. 

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