Treintaiuno

Falta bien poco para el día más esperado del año, el 31 de diciembre. Lo de esperado puede ser debatido, pues algunos no quieren cumplir más años o enfrentarse  a lo que no han hecho durante el año en curso. El periodista cubano Manuel González Bello dedicó unas líneas en 1999 a este día:

El fin de año es único. Y cómo se parece un fin de año a otro fin de año. Es como una corrida de toros para quienes no sabemos de toros. Pero emociona igual. Porque ahora uno empieza a escuchar las mismas frases de todos los diciembres. Es como esos musicales y dramáticos de televisión, con la diferencia de que a estos últimos lo mismo se les ve en verano que en invierno. Y el 31 es en invierno.

El entusiasta anima y te invita: Vete el 31 por mi casa, oye, que voy a despedir el año por todo lo alto. Y tú, que estás pasma’o, te le apareces en la casa. Pero nada, el anfitrión no la pasa por todo lo alto, sino por todo lo bajo; porque antes de las 12 de la noche, que es la hora en que llega el nuevo año, ya está bajito por la nota, porque quiso tomarse en una noche todo el ron que dejó de beber en el año.

Pero el que sí le arruina el 31 a cualquiera es el lloroso. Bueno ¿y qué? ¿Qué vas a a hacer el fin de año? Y allá va, lagrimoso, quejoso: Ná, quedarme ahí en mi casa… lo más seguro es que me acueste temprano. Usted, que quiere ayudarlo, lo invita: Chico, vete por mi casa, para que no la pases solo. Pero qué va, no hay arreglo; se encoge, baja la cabeza. No, no, no; es que yo no le doy importancia al fin de año. (Un cuento, un autoconsuelo).

Yo recomiendo ser selectivo al invitar una pareja de enamorados a esperar el año nuevo. Porque si por casualidad entran en antagónicas contradicciones internas, le echan a perder la fiesta. Y después lo único que queda es aquel recuerdo: ¿Te acuerdas de aquel 31? Qué bronca formaron Cachita y Estanislao. Debiera existir un reglamento: prohibido discutir en 31.

Ah, las promesas. Nunca la gente se dice tantas mentiras a si misma como en estos días.

Pues sí, compadre; el 31 me fumo el último cigarro. Y el año próximo, por estos días, lo escuchar  decir lo mismo.

Las mujeres también hacen promesas. En cuanto empiece el año me pongo a hacer ejercicios, no puedo seguir con esta gordura. Pero no: en el próximo diciembre, más gordita, con más salvavidas, la escuchas   decir lo mismo.

Y aunque se repita, aunque un 31 se parezca a otro 31, a mí me encanta el fin de año. Y más todavía porque empieza otro. Qué rico es el año nuevecito, fresco, sin estrenar.

Sobre todo porque uno se siente seguro, fuerte. Porque uno tiene el convencimiento de que como está de estreno, va a poder dominar al año, a ese año que no sabe nada de la vida, que lo va a coger por los cuernos y va a llevarlo a donde quiera. Es como en las corridas de toros: el torero está en la plaza, sale el toro como una fiera y el torero ahí, firme, vencedor.

Ya les digo, que a mí por estos días me dan deseos de vestirme de torero, pararme el 31 bien firme y gritarle al año que llega: ¡Olé!

publicado el 25 de diciembre de 2009, en Juventud Rebelde
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1 Comment

  1. Qué buen cronista Manuel González Bello. Sus crónicas, como él, son eternas. Yo compré en la Feria del Libro del 2009 su “Con una sonrisa” y lo devoré poco a poco para que no se me acabara…
    Qué bueno saber que también te llena. Un abrazo.

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