Fuera pesimistio

Cuando queremos apartar el pesimismo de nuestro pensamiento por ese algo que no nos deja dormir tranquilo, aunque lo sepas nuestro, pero como aún no lo tenemos en las manos (ven lo que les digo). Nada mejor que encontrar algún escrito o palabras de fuerzas como estas de Manuel González Bello en su inagotable sección del Juventud Rebelde. Gracias Maestro.

“Lo mejor es tenerlo lejos, porque su enfermedad es contagiosa, o al menos irrita. Lo peor es que Pesimistio tiene el don y la (des)gracia de aparecer en todas partes.  Para él no hay amaneceres con sol, ni crecen los ríos, ni las sonrisas existen ni cantan los pájaros.

Pesimistio es así: sombrío, ve todas las puertas cerradas, es un no-puede-ser constante.  Es temible. Usted le dice que le duele la punta del dedo gordo del pie, y ahí mismo pone cara de tragedia, la misma cara que pondría cualquiera cuando inicia un trámite burocrático. E inmediatamente le suelta: “ah, así mismo estaba un vecino mío y se murió a los tres meses”.
Así, suave, sin que usted pueda respirar. Porque Pesimistio no da tregua, es implacable. 

Si lo encuentra en una parada de ómnibus, huya. Ahí mismo, sin que nadie le pregunte, informa: “hace una hora y 45 minutos que no pasa la guagua”. Los oyentes se miran deprimidos, desesperados, aterrados, con cara de pasajeros del Titanic. Y alguien, atinado, mira el reloj y alivia a los otros: “pasó hace 20 minutos”.

Pero Pesimistio insiste, porque su misión sagrada es amargarle la vida a los demás, entristecer almas, poner la podrida a cada paso.  Es de esos tipos que lo invitan a la playa y dice que no porque el transporte está en candela. Le explican que hay un auto disponible y argumenta que será insuficiente la gasolina. Le informan que hay para ir de aquí a Roma. Pero entonces responde que no vale la pena, pues lloverá a cántaros, vendrá un maremoto, el desastre…

Pesimistio quiere imponerse siempre a los otros. Usted está en la cima del goce porque le instalaron un teléfono, un humilde teléfono, y allá va él que se mata: “¿sin contestador automático?” O le hace una lista interminable de desgracias: “los vecinos no te dejarán en paz, y ya verás los equivocados a las cuatro de la madrugada… qué va, un teléfono es un problema”. 

La suerte de todos es que no trabaja en el Instituto de Meteorología. Sería incalculable el número de infartos al miocardio que provocaría. El satélite indicaría que los vientos serán de 120 kilómetros por hora y el ciclón pasará a 500 kilómetros de Cuba. Pero él, trágico, hecatómbico, diría: “amigos televidentes: no se puede confiar en el satélite, no duden ustedes que la velocidad aumente a 500 kilómetros por hora y que dentro de un rato entre el huracán a Cuba, no es recomendable confiar para nada en la naturaleza”.

Porque para desconfiado, busquen a Pesimistio. Alguien le promete que el domingo en la tarde vendrá a resolverle su problema. Y él, desde el jueves, se repite a sí mismo: ni esperarlo, no vendrá, luego aparecerá con una excusa, qué bobo he sido… Pesimistio desconfía hasta de sus propios ojos. 

Pesimistio no se embulla ni con los carnavales. Los socios del barrio están animados, contentos para ver las comparsas, las carrozas, y tener el frío encuentro con Enrique de Lagardere, con la rubia congelada. Pero ahí aparece él, tiñósico, desestimulante, desanimador. “Oye, deja eso, la molotera va a ser de madre, no hay quien se empate con un tamal; olviden eso, las pipas estarán sin gas. ¿Carnavales? Ni loco, por allá ni me acerco”. 

Es de esas personas que no creen en la televisión de verano, ni en el regreso de las gaviotas, ni en la arena de la playa, ni en el agua de globito, ni en el frío de la Luna, ni en las olas del mar.

 

Pesimistio compra el JR dominical y no mira los chistes del DDT, pues desde antes comienza a convencerse a sí mismo: “¿y si no entiendo un chiste de Ares? ¿Y si no puedo leer lo que dice el bichito de Garrincha? ¿Y si Lauzán no publica la tira? A lo mejor ni ponen la frase”. Y así se pierde los chistes sin ver la página.  Pero eso no es nada extraño: Pesimistio está tan inconforme con la vida que la pierde a cada instante.”

(publicado el 25 de julio de 1999 en el diario cubano Juventud Rebelde)

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