La mirada de la India II

No se puede hablar de una India, se pueden hacer muchas clasificaciones, desde la religiosa (hinduista, musulmanes, cristianos…) hasta la de castas, atravesadas estas últimas por la posición económica que en el fondo es la que justifica casi todas las desigualdades.

La India es un lugar de contraste, posiblemente cada uno puede hacer de su visita una crónica distinta, una crónica situada desde la propia vida y experiencia vital en la que cada uno se encuentra. La mía es bastante triste, ni la impresionante belleza del Tah majal, ni las fortalezas y mezquitas, ni los templos visitados, ni los magníficos hoteles, ni siquiera la misericordia de las hijas de Teresa de Calcuta, una luz en medio de tanta oscuridad, me hacen recordar la India con alegría.

Es un sitio duro, muy duro, hay tanta vida que no vale nada. La cantidad de personas pidiendo, en tan exceso que muchas veces tuvimos que salirnos de los monumentos para poder sobrevivir, y no estoy exagerando. La suciedad de las calles, la miseria en los puestos y en las casas, el abandono que convertía casi todo en una ruina que seguía en pie de milagro, te impresionan durante todo el viaje. La impresión más fuerte es al caer la noche, cientos de personas y muchos niños, sin casas, durmiendo en las calles, y lavándose en pequeñas fuentes que habían encontrado. El pudor estaba ausente, podías ver hombres mayores y jóvenes en paños menores lavándose en plena calle.

De la India se vuelve cansado, muy cansado, si no coges una diarrea, cosa extraña, vienes con el alma cansada y gritando contra tanta injusticia. Retiro mi comentario anterior sobre la oportunidad de ir o no a la India, deben ir ustedes allí a impresionarse, a reflexionar sobre sus vidas, sobre el uso que hacemos de nuestros recursos y si compartimos lo suficiente. La India es de nuevo el grito de los pobres contra la injusticia legalizada y hecha costumbre, un grito que debe llegar hasta nosotros con una fuerza constante.

La visita al horfanato de las Calcuta (la Institución creada por Madre Teresa) impresiona por la sencillez y humanidad con que vivían y atendían a todos los niños, deficientes mentales y mujeres allí recogidos. La zona de los niños impresionó a todos, especialmente a las mujeres, a las que los más pequeños agarraban fuertemente y provocaban en ellas lágrimas abundantes. El silencio ante tanto amor y la sonrisa constante de las hermanas guió una visita que terminó descalzándonos en el interior de una capilla austera y pequeña pero con gran amor cuidada.

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