Japón, tierra de contrastes

El idilio pletórico con el mundo japonés termina cuando uno sale de la isla y se dirige a Hiroshima a visitar el gran parque dedicado a la destrucción realizada por la bomba atómica. Es impresionante y un ejemplo de recordatorio de lo que no debería ser la raza humana, pero que, sin embargo, está presente todos los días a pesar de negarla hipócritamente.
Y allí vuelve uno a la realidad, a ser un gaijin, y a un país dividido entre la amabilidad hacia los extranjeros – parándose incluso a contar cómo sobrevivieron a la bomba- y el odio hacia los mismos, especialmente si uno es rubio de tez clara…y es que depende de las nacionalidades. Mi aspecto les decía que yo era de un país, pero mi habla les indicaba que era de otro…y es que España y el flamenco hace mucho por esas tierras…y ya de paso el mundial de fútbol. Tópicos que algunos españoles odiamos y que yo allí amé…
(…Alguien nos dijo que los españoles comíamos muy bien porque nos gustaba el pulpo…ah, y “congratulations” por el mundial.)
En Fukuoka, ciudad cuya estación es la más liosa del mundo si uno quiere dejar las maletas en una consigna, y sin apenas tiempo para nada…salvo por una visita a la fábrica de cerveza Asahi…donde uno tiene que disimular la risa al ver salir de las visitas a los japoneses borrachos por las tres cervezas que dan…se encuentra el aeropuerto de mayor proyección al resto de islas orientales. Desde allí, se llega a Okinawa, isla algo extraña al resto de Japón, ya que en ella aún se encuentran bases estadounidenses, por lo que allí se ven personas con aspecto de “más occidentales” y personas con aspecto de asiáticos continentales, o incluso de las islas del pacífico: más morenos, ojos más rasgados, narices más anchas, complexión más ancha…
Okinawa, además de ser la cuna del Karate, es la isla donde el arroz se sirve con curry y donde la velocidad media es de 60 km/h. Algunos habitantes de Okinawa tienen otra religión, y se entierran en templetes a lo largo de los caminos. Igualmente presenta un aspecto más abandonado y caótico que el resto del Japón.
La isla presenta, entre sus atracciones, los túneles donde se escondió el último reducto de resistencia a la invasión norteamericana en la Segunda Guerra Mundial y que prefirió sacrificarse antes de caer en manos enemigas.
Una cara más agradable de la isla es la visita a uno de los acuarios más grandes del mundo, el acuario Churaumi, con su gran cantidad de peces tropicales, sus vistas al mar y su museo antropológico de las islas del pacífico.
La prefectura de Okinawa está compuesta por numerosas islas que, según dicen, tienen playas paradisíacas. Una española acostumbrada a las playas de Cádiz sufrió la decepción de ver las playas japonesas, limitadas, en su mayoría, por boyas que marcan el espacio donde uno puede bañarse. Quizás sirvan para separar a los seres humanos de otros seres marinos pocos amistosos, pero el caso es que ninguna arena fue lo suficientemente tentadora como para tirarse en ella y pasar horas
Especial mención, por último,-a pesar de ser prácticamente lo primero que visité-requiere el Monte Fuji, con sus 3776 m de altura constituye el pico más alto de la isla de Japón. Su ascensión se entiende como algo iniciático en el mundo japonés, algo así como el camino de Santiago español. El peregrino puede emprender su ascenso desde la primera estación, pero subir los 3776 m requeriría bastante tiempo, cosa que no sobra entre la población…especialmente la japonesa…de modo que un autobús deja en la quinta estación.
La quinta estación es un lugar fantástico, tiene sus tiendas y hoteles, además de tener mucha animación y, a la hora de la puesta de sol, presenta un espectáculo magnífico.
Los ascensos al monte Fuji se realizan mañana, tarde y noche. Se requiere alcanzar la décima estación y entrar al santuario que se halla en el cráter. En julio incluso puede conservar algo de nieve. El ascenso nocturno es, quizás, el más duro, ya que uno no ve bien y puede resbalar. Es necesario ir preparado: linternas de minero, botas buenas de escalada, víveres, ropa de abrigo y ganas…sobra decir que, como buenos españoles, no estábamos preparados para esas eventualidades…Nadie informa de la dureza de la ascensión. Pero ahí están cientos de japoneses, ancianos y niños incluso, subiendo como si no fuera nada…en la estación octava hay momentos en los que uno debe escalar con manos y pies…y uno piensa que están hechos de otra pasta.
Resulta una experiencia inolvidable, sin duda, y las vistas no tienen precio. Esa tranquilidad, el estar rodeado de gente y estar tranquilo…es impresionante, inenarrable. El amanecer allí no tiene parangón…hasta que te encuentras una cola de una hora para entrar al santuario y, cuando consigues entrar, lo único que te interesa es echar una larga siesta para descansar.
Pero, una vez superado el cansancio, la sensación de estar allí arriba es indescriptible. Creo que es algo que habría que hacer alguna vez en la vida, estando preparado, eso sí, pero es que la sensación que una experimenta allá no es equiparable a nada …por todo en general.  
Quizás, si alguien lee esto, se sienta algo mareado por el bombardeo de información. Nada aparece ordenado, todo está escrito como si vomitase la información…pero ésa es la percepción que uno tiene en Japón, cuando descubre todo esto, cuando siente estas sensaciones. Esta información se va revelando poco a poco y, a cada paso que uno da, siente la sorpresa. Un viaje de 15 días da tiempo a muchas cosas: a ver templos, museos, probar la gastronomía, observar las costumbres, viajar por la geografía, escalar montañas, pasear por el mar, bañarse en la playa, a ver un impresionante y tradicional campeonato de sumo, visitar los mercados, contemplar sus contradicciones, ver sus tradiciones, disfrutar sus modernidades, disfrutar sus fiestas y juergas nocturnas, especialmente en los populares karaokes, y comprobar cómo es una sociedad avanzada, pero con gran división de géneros entre hombres y mujeres, y con sus luces y sombras:  grandes “pachinkos”  donde hombres, aún con ropa de trabajo, van a jugar, hombres que van a tomar cerveza con sus amigos y caen borrachos en las escaleras del metro y mujeres que salen con sus amigas sin relacionarse con los hombres, aunque a veces sí se observan pandillas mixtas, vagones de tren en los que, en hora punta, sólo se admiten mujeres…llevando al viajero a pensar que todo es una máscara de modernidad y tecnología frente a una moral severa y tradicional, que permite el desahogo, pero siempre dentro de un orden establecido. Orden, orden y orden.
…Y después de tantas letras, de tantas descripciones dadas… todo se puede resumir en una sola frase: Japón es una tierra de contrastes.
                                                  Sara Contreras, fotos de David Wayne Deere Palacios

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