Cecilia de Cuba

Así como la Giralda suena a Sevilla, Granada a reyes católicos, o gallos a Portugal, Cecilia en Cuba solo tiene una igual, un único referente que sigue sonando en cada cubano aún fuera de la isla: Cecilia Valdés.
“La hermosa Cecilia, mulata criolla, ignora que es hija ilegítima del rico español Cándido de Gamboa, y Leonardo, el hijo de Don Cándido, sin conocer esto, cae enamorado de ella y la convierte en su amante. Mientras, el mulato José Dolores Pimienta ama a Cecilia sin ser correspondido. Presionado por las convenciones sociales, Leonardo abandona a Cecilia para casarse con la distinguida Isabel Ilincheta. Al concluir la boda, Pimienta, alentado por los celos de Cecilia, mata a Leonardo. Finalmente Cecilia, quien tiene una hija de Leonardo, es recluida en el Hospital de Paula, donde reencuentra casualmente a su madre, quien recupera la razón perdida y reconoce a su hija antes de morir.”
Esta es la sinopsis de una época en Cuba, cuando aún no sabíamos quiénes éramos, ni a dónde se iría toda una generación atada a los españoles, pero con una nueva cultura por defender, fruto de esa mezcla con los negros africanos. No obstante, aún hoy nos sabemos de sangre hispana y negra.

Al ser una novela,  Cecilia Valdés mezcla la realidad con las imágenes literarias logradas por su creador Cirilo Villaverde. Muchos autores cubanos lo consideran como “un lienzo colosal en que se mueve una época, el mundo en miniatura de Cuba, posesión de España en América, desde 1812 hasta 1831”, decía el escritor y periodista Manuel de la Cruz.

Sus poco más de 500 páginas se leen como agua. Cirilo Villaverde nos  introduce con Cecilia Valdés en la Cuba colonial. Con el amorío imposible de dos hermanos, pero propiciado por la sociedad clasista de aquel entonces, evoca la doble moral o falta de la misma entre los españoles y el pueblo cubano que tuvo que emprender su liberación, a principios del siglo XIX de manera dispersa.

Su olfato periodístico y conocimiento de la época ubican a los cubanos y cualquier persona que quiera saber de la isla en un cuadro casi exacto de aquella época.

Como el mismo dijera en el libro: “…lejos de inventar o de fingir caracteres y escenas fantasiosas o inverosímiles, he llevado el realismo, según lo entiendo hasta el punto de presentar los principales personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente se dice , vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía, d aprés nature, su fisonomía física y moral, a fin de que aquellos que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.”
La primera vez que me leyera esta novela tenía 15 años, me acerqué a ella como un estudiante obligado por la responsabilidad de las tareas. Luego retome su lectura y le di el valor que se merece una obra que refleja tan bien lo que éramos y somos los cubanos. De hecho, casi sin darme cuenta, mi pasión por leer, escribir y plasmar en palabras cuánto me rodea es gracias a autores como Cirilo Villaverde.

Cuando me preguntan por alguna obra cubana siempre la doy como primer referente. Lejos de la isla me parece recorrer las calles de La Habana gracias a sus detalladas descripciones. Verdaderamente mi Habana no es la del siglo XIX, pero la de hoy conserva tanto de aquella que es imposible no sentirla en cada lectura.

Cuba, mulatas, ricos y pobres, santería, religión, sabor a caña de azúcar, es lo que se puede encontrar en Cecilia Valdés, sin dudas uno de los principales exponentes de la novela iberoamericana.  Su valor está en que no solo se queda en las conocidas historias de españoles y mulatas, va más allá, recorre cada rincón de La Habana, presenta a la cubana salamera, las familias sumidas en contradicciones, las falsas apariencias de una sociedad sin escrúpulos donde solo valía el dinero y la posición de las personas.

Según el propio Cirilo Villaverde: “…ningún novelista cubano ha hecho, como yo, una inserción tan honda en la nación criolla y su idiosincrasia para mostrar la realidad. Más rica aún es la caracterización de muchos de sus personajes en franca paradoja con el protagónico femenino que a la postre ha devenido más que eso, en un mito, una leyenda, lo que obviamente me ha hecho exclamar: “Cecilia soy yo”. Cabe señalar, entre tantos, a Cándido Gamboa, desalmado, aristócrata y negrero; Leonardo, de juventud enervada en la opulencia, la holgancia y la abulia, frívolo y envilecido; José Dolores Pimienta. músico-sastre descrito en su condición de mulato. En tanto el coro femenino no es menos acucioso con Adela, Rosa, Señá Josefa, María Regla, doña Rosa Sandoval e Isabel Ilincheta, pues si algo quise enfatizar a plenitud fue el temperamento femenino. Estos son los hechos y personajes de mi testimonio, sin olvidar a Emilia Casanova, mi esposa y más fiel crítico en la conclusión definitiva de esta obra que escribí con tanta pasión para mis paisanos y más que eso, para el futuro.”

Así es maestro, hoy cubanas y cubanos continúan descubriéndose en su obra y el mundo entero disfruta de aquella Cuba distante gracias a las páginas de Cecilia Valdés.

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