Cigarros y…

Desde que sacaran la dichosa ley antitabaco en España, aclaro que no fumo y por tanto soy uno de los beneficiados con su aplicación, me vino a la mente hacer referencia al tema con un texto del periodista cubano Manuel González Bello. Con su prosa y humor envidiable, este grande del periodismo en Cuba hizo reír a más de uno en las páginas del diario Juventud Rebelde .
En sus “Crónicas del sábado”, González Bello alegro a los cubanos, al tiempo que los hacía reflexionar de los problemas cotidianos de la isla. Para los que no los leímos entonces, encontrarnos hoy con estos textos es aspirar a más, a ser como él, o al menos seguir sus pasos.
No quiero ponerme a debatir sobre la Ley antitabaco en España, de momento se agradece el buen olor, el aire fresco y la falta de humo en los bares y locales… Si añoras el olor de la nicotina, te invito con Cigarros y Humos a leer a Manuel González Bello. Antes una advertencia:
“Ya es hora de que los organismos de salud hagan justicia. Debieran instituir un galardón, un diploma, un gallardete, un sello, un premio para los productores de cigarros. El motivo es evidente: su contribución a la lucha contra el tabaquismo.  Y no es sólo por ese cartelito de Fumar daña su salud que aparece en las cajetillas. No, eso es lo de menos. Es como los otros carteles: No pise el césped, No arrojar basuras. Total, que los inconscientes siguen arrojando el césped y pisando la basura.
Durante años los expertos han triturado sus neuronas en campañas para combatir el hábito de fumar. Miles de spots de televisión, artículos de médicos en revistas y periódicos, afiches en que se ve a un infeliz casi muerto por la nicotina. Con eso y más se ha advertido al vicioso.  Todas esas campañas merecen el elogio. Obvio.  Pero los productores cubanos de cigarros no andan con cuentecitos, ni se las pasan divulgando acerca del daño que el tabaco ha, como diría Antonio Chejov, aquel ruso que sabía contar con una sonrisa los dramas de la vida.  Ellos van al grano, son radicales. Y así encontraron un arma eficaz contra el mal hábito en el mismo cigarro.
Un buen día decidieron fabricar cigarros infumables. Al principio con cierta medida, moderadamente, suave con el fuerte; pero ahora no, ahora extendieron el experimento a cada cigarrillo. Geniales.  En los comienzos hubo cierta torpeza, un poco de tosquedad. Digamos, colocaban fragmentos de postes telefónicos dentro de la picadura. De manera que el consumidor fumaba y fumaba y no podía fumar.
Ahora el método es más sofisticado. Usted no puede discernir cuál es el método, simplemente no puede fumar. Pero además, si logra hacerlo, no sabe si está fumando picadura de tabaco, hojas de remolacha o cola de avestruz.  La intención está clara. Mientras más infumable sea el cigarro, más personas dejarán el vicio, cansadas, desesperadas, obstinadas.  Usted dirá, ¿y eso no afecta la economía de las empresas productoras?
No, al contrario, aumentan las ganancias. Porque un vicioso compra una caja al amanecer con la idea de que le dure todo el día. Pero al mediodía una mitad de los cigarros se abrió como un melón y la otra tuvo que echarla al cesto por infumable. Y el vicioso, tonto, compra otra cajetilla. A la que le ocurre lo mismo, o peor. Y compra otra. Es decir, compró 60 cigarrillos y apenas se fumó cinco.
La combinación de las empresas es perfecta: más economía y más salud.  Por ahí surgen los envidiosos que quieren quitarle el mérito a las empresas y adjudicárselo a los productores furtivos. Pero eso es injusto. E ilógico.
¿Acaso las empresas se dejarían hacer esa competencia tan impunemente, tan incompetentemente? Eso no cabe en ninguna mente, realmente.
¿Y los administradores de los comercios, lo permitirían? Claro que no.  Por eso creo injusto que por ahí la gente ande diciendo que los cigarros están cada vez peores. Al contrario, merecen las empresas productoras un reconocimiento por su eficiencia económica y su aporte a la salud humana.”
(publicado el 8 julio de 2000 en el diario cubano  Juventud Rebelde)
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