Divagaciones filosóficas

Una de las grandes diatribas a lo largo de la historia de la Filosofía es si el hombre vive como piensa, o piensa como vive. A esto ha querido responder más de un filósofo, desde Platón y Aristóteles, hasta Descartes o Jean-Paul Sartre.
Mucho se ha dicho y a poco se ha llegado, ponernos ahora a enumerar cada una de las posiciones sería engrosar cuartillas por gusto, más aún cuando el hombre de hoy vive alejado de la elaboración de pensamiento y la filosofía en sí misma, no obstante en cada uno de nosotros hay cierto filósofo, así que me aventuro.
Si cada uno somos filósofos, no sería descabellado decir que el hombre de hoy, en plena era virtual, donde cada vez nos vamos pareciendo más a un ávatar online, nos comunicamos mejor a través de una máquina y como resultado somos callados y distantes en la vida real, tenemos algo de los dos puntos de vistas: vivimos como pensamos y pensamos como vivimos.
Es innegable el hecho de que cada cuál es producto de la interacción con la sociedad, no nos pasamos la vida en una bola de cristal divagando en nuestros pensamientos, si no todo lo contrario, estamos en constante intercambio de ideas con cientos y miles de personas, influenciados cada vez más por nuevos pensares –o repensares- y filosofías de vida que nos van orientando hacia un estilo de vida mejor o peor, es decisión de cada cual saber reconocer el camino correcto.
Tratamos de vivir según nuestras ideas, nunca ir contrario a nuestras convicciones como seres humanos y transitar día a día a tono con lo que nos identifican.
Sin embargo, hay ocasiones en que, aunque queramos seguir según las ideas, no es posible porque la realidad nos choca y ahí es cuando pensamos según vivimos. O sería razonable, pasarse el tiempo pensando en la ciguaraya -musarañas-, como se dice popularmente, cuando no tenemos ni un bocado de comida que llevarnos a la boca, ni tan siquiera un céntimo para comprarnos un caramelo. ¿Sería de sabios llevar una vida etérea cuando a la hora de la verdad dependemos de cosas materiales, ya sé, pero que nos ayudan a subsistir?
No lo creo y sería de locos no equilibrar la balanza.

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El hombre postmoderno está sumido –o consumido- por una sociedad que lo lleva por senderos de conocimientos enajenantes  hacia la validación de una realidad donde solo se establece como cierto la “inmensidad” de la nada y en consecuencia la “pobreza” del ser.
Asumir este pensamiento -cuya raíz está en el relativismo de los filósofos de siglos anteriores- como filosofía de vida, ha hecho a los hombres y mujeres aceptar la nostalgia como única constante de la existencia.
Ante un mundo que acepta a la nada como lo supremo, tildándola de “eterna e infinita”, la importancia del ser se hace a menos. La cuestión que se plantean es: ¿existe algo?
Entonces el hombre se responde: No lo sé.
Se vuelven a preguntar: ¿existe algo cierto o verdadero?
La respuesta es: No, solo existe la opinión, la verdad es mi opinión.
Y esto es lo que genera la experiencia de la angustia que procede de la creencia de la nada.
No es más que una proyección evolucionada en el tiempo de la duda cartesiana.
La única forma de superar esta concepción antropológica que lleva  a la muerte, al no ser, es buscar una verdad que sería el Ser.
A partir de ahí, podemos construir una antropología positiva, puesto que la nada es negación y por ser negación es extraña al hombre.
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2 Comments

  1. Los seres humanos pensamos al disponer de uno cerebro, como bien sabemos, y lo lógico sería que hiciéramos uso de ello. Sin embargo, dependiendo de la persona y la circunstancia que le envuelve, una persona pensará en lo que dice o dirá y luego lo pensará. Hay miles de situaciones y miles de personas diferentes: gente más extrovertida o introvertida, gente más social o menos social, gente más necesitada o menos necesitada; y todo ello influirá en los pensamientos de alguien.
    No obstante, por encima de todo se encuentra la necesidad. Alguien que se esté muriendo de hambre no le des muchas posibilidades de que actúe racionalmente.

    Saludos.

  2. así mismo es Cristian, por mucho que queramos hacer uso de nuestro cerebro, somos dependientes de nuestras circunstancias económicas, sociales y todas esas que condicionan nuestro pensamiento… algún pensador nos ha definido como hijos de su tiempo y como tales vivimos, sin dejar de pensar, aunque a veces se bien poco ante lo que hace falta, gracias por el comentario, un abrazo

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