El SIDA está ahí

El próximo 1ro de diciembre el mundo alzará nuevamente su voz en la lucha contra el VIH-sida, una enfermedad que en los últimos tiempos ha limitado la vida de los seres humanos, que ahora no solo se ve peligrar por esta enfermedad incurable, si no por otras que también tienen tratamiento. Desde el Escarabajo y la Cigarra queremos contribuir con una serie de trabajos a las acciones que se han llevado a cabo en este 2010 en pos de la prevención y el respeto a las personas que viven con este virus.
Gracias a una amiga, actualmente abogada en formación, les puedo brindar estos trabajos. En su trabajo de curso de 2008, abordó con total sinceridad y sin tapujos la necesidad que tiene las personas que conviven con el virus de tener un trabajo digno y que se les respeten sus derechos. Como ella misma dijera: “La propuesta de trabajo de los derechos laborales de los enfermos de SIDA permite adentrarse en el mundo de estas personas y poder valorar si sus derechos son o no vulnerados por aquellas que no padecen esta afección. Además facilita una alternativa de solución de estos problemas una vez que ha sido constatada la violación de sus derechos.”
Ahora los dejo con uno de los capítulos del trabajo, que por su extensión comprendan no puedo reproducir completo. Ciertamente del 2008 hasta acá se ha avanzado algo, pero considero de total vigencia esta percepción que nos brinda Yeny Elizabeth Guerra Enamorado:
 ¿Qué concepción tiene el mundo hacia las personas que sufren de esta enfermedad? El SIDA como estigma social.
Hoy día se puede apreciar la gran discriminación a que están siendo sometidos las personas que conviven con esta enfermedad, y es que lo mas aterrante de este problema es la falta de conciencia del resto de la población de lo que significa para ellos estar enfermo y además perder el trabajo. Esta situación repercute en la falta de ingresos y, por lo tanto, están imposibilitados para satisfacer sus necesidades, incluso la atención médica de tercer nivel que necesitan. No se pueden realizar a través del trabajo y, por consiguiente, disminuye su autoestima. Las empresas los estigmatizan, lo mismo que la sociedad. La comunidad no recibe las aportaciones que son capaces de dar. No obstante, mucha gente infectada por el VIH o que padece el sida está en edad productiva, y pudiendo realizar labores para la sociedad, son discriminas y marginas al olvido y la muerte, impidiéndoles que se desempeñen en lo que saben hacer.
Es por ello que sufren una gran exclusión social que es entendida como la ausencia, para unos, del conjunto de oportunidades vitales que otros sí tienen, como la imposibilidad o dificultad de acceder a los mecanismos de desarrollo personal e inserción sociocomunitaros y, todo es esto está reflejado en estos aspectos:
1)      Pobreza en el sentido de ingresos económicos.
2)      Dificultad en la inserción laboral.
3)      Dificultad o acceso a la educación.
4)      Carencia de salud, de capacidad psicofísica y de asistencia sanitaria.
5)      Ausencia o insuficiencia de apoyos familiares o comunitarios
6)      Ámbitos de marginación social.
7)      Falta de sensibilización y movilización de la población en general ante la exclusión social.
La mayoría de las personas que padecen SIDA se encuentran inmersas en un círculo cerrado y sin fin que sólo en determinadas ocasiones se rompe, cuando el apoyo social y la solidaridad hacen su entrada. Desgraciadamente, no siempre ocurre esto, y es en la mayoría de los casos cuando la enfermedad se convierte en un estigma social y los enfermos son tratados como los leprosos en la antigüedad, que eran señalados y apartados de la sociedad por miedo al contagio.
La exclusión social a causa del SIDA se expresa de múltiples maneras, algunas muy sutiles y otras demasiado evidentes para dejar de verlas. Pero todas las formas de exclusión social coinciden en un hecho que, aunque se conoce, es inadmisible para cualquier sociedad o país democrático: la violación de los derechos humanos esenciales de las personas que viven o padecen la enfermedad, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos suscritos y ratificados por la inmensa mayoría de los países del mundo (el derecho a la vida, a la salud, a la igualdad, al trabajo y a la educación)
El SIDA no afecta de la misma manera a las personas de distinta condición socioeconómica. Hay una marcada tendencia a “castigar” más a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Se produce, entonces, una especie de sobre-exclusión, es decir, la exclusión social de los ya excluidos por otras razones (homosexuales, drogadictos, prostitución…) Existen informaciones que indican que la pobreza y el analfabetismo son dos factores que tienden a elevar el riesgo de adquirir ITS, incluyendo el SIDA.
Algunos ejemplos específicos sugieren que las personas de bajos ingresos no pueden pagar condones ni el tratamiento de una infección de transmisión sexual. Algo parecido sucede con las personas con bajos niveles educativos, éstos no tienen acceso a la información preventiva o bien la misma no se realiza de forma que puedan comprenderla con facilidad.
La cultura y la religión podrían jugar un papel de prevención, pero en la práctica sucede todo lo contrario. Ambos elementos contribuyen a la exclusión de los infectados por SIDA. Algunas características socioculturales, asociadas a la infección se expresan en los planos de la inequidad de género por ejemplo, la sociedad gitana, donde el machismo está muy presente. Los hombres pueden tener múltiples parejas y el uso del condón presenta una baja frecuencia, y las mujeres carecen de autonomía para tomar decisiones sobre su sexualidad y por lo tanto para protegerse de la enfermedad.
Hay otros factores de vulnerabilidad que enfatizan la doble exclusión que sufren las personas con SIDA. Se trata de personas que por una u otra causa, sufren la violación de sus derechos humanos. Por ejemplo: población desarraigada, población con problemas de drogadicción, grupos con preferencias y prácticas sexuales distintas a las socialmente aceptadas. La estigmatización social de la enfermedad amplifica las exclusiones en los espacios laborales, en los servicios de salud y hasta en el seno de las unidades familiares.
El SIDA se ha convertido hoy en un dramático interrogante para la sociedad actual, que ve con cierta impotencia como esta enfermedad se extiende entre la población, sin respetar edades, sexos, razas, religiones, países o condiciones sociales.
En el mundo la epidemia de SIDA ha sido acompañada por otra epidemia de miedo, estigmatización y discriminación. Las reacciones negativas ante el SIDA no son únicas en la historia de las enfermedades, y cabe recordar que la respuesta de los seres humanos a las grandes pandemias ha sido pobre y se ha caracterizado por tratar de encontrar culpables y “chivos expiatorios”.
Mientras la discriminación, la estigmatización y la violación de los derechos humanos continúen, la idea de que los infectados forman parte de grupos especiales no dejará de existir, y la percepción de riesgo de quien no se considere parte de estos grupos será nula o casi nula, aumentando la posibilidad de que se infecte. Por su parte, los afectados se alejarán cada vez más de las medidas de prevención que se adopten y se volverán cada vez remisos a acudir a los sitios donde se les puede brindar ayuda, pues tendrán miedo de ser identificados y de padecer en carne propia discriminación o violación de sus derechos.
Aunque el SIDA es un problema de la incumbencia del sector salud, en la medida que se manifiesta como una problemática social diversa que se agrava por problemas de subdesarrollo, desempleo, pobreza y analfabetismo, se constituye en un problema que requiere la intervención del conjunto de las instituciones responsables de la política de los Estados.

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