Adiós Sudáfrica… la fiesta sigue en Brasil

Se acabó lo que se daba, Sudáfrica es historia y un nuevo campeón se suma a la lista de ocho naciones que han conquistado el ansiado trofeo de la Copa Mundial del Fútbol. Este año es de España, campeona absoluta, aunque a muchos les disguste el hecho de que haya sido por diferencia de solo un gol.
La selección ibérica dominó desde el primer minuto el balón para hacer un juego de desgaste, aunque los holandeses arremetían cuando lo tenían entres su pies y dieron muchos sustos y hasta patadas. Las faltas contadas por el inglés Howard Webb ascendieron a 47, había momentos en que el encuentro parecía entre el árbitro y los jugadores.
No obstante, la Naranja Mecánica no pudo con la selección del tiqui-taca y luego de muchas tarjetas amarillas -14 en total- y una roja, que le valiera un hombre menos a los neerlandeses; justo en el minuto 115 el centrocampista del Barcelona, Andrés Iniesta, dio el gol decisivo del partido cuando todo parecía terminar a penaltis, pues ninguno de los dos cedió hasta ese momento en que el terreno se pintó con la furia roja.
El pulpo Paul ya lo había dicho, imponiéndose ante los gurús animales que en el mundo entero no se decidían por ninguna de las dos: España es el campeón, se llevó la gloria a su tierra. Pero, Sudáfrica tuvo otros campeones, siempre presentes en cada uno de los juegos, los fanáticos y más aún las vuvuzelas.
Desde el primer instante irrumpieron en el Mundial. Esas trompetillas ruidosas le dieron mucho que hablar al mundo entero y no pocos intentos de prohibirlas. Todavía recuerdo a mi mamá cuando me decía: “hay un ruido en las transmisiones” y uno le echaba la culpa a la Televisión, pero no, eran las vuvuzelas que como el Comité Olímpico aclaró “son parte de la cultura sudafricana y están aquí para quedarse”.
Sudáfrica ofreció un espectáculo único durante un mes completo. La Copa Mundial de Fútbol de este 2010 entrará a la historia por muchas razones, pero el hecho de ser la primera vez que un país africano la organizara con la misma calidad que cualquier otro, amerita más aún la grandeza de los pueblos del Sur y su capacidad de crecerse.
Será en el 2014 cuando el mundo vuelva a vivir alrededor de un balón de fútbol, las miradas estarán expectantes en Brasil que ya prometió organizar el mejor Mundial jamás visto en el planeta.
Dos manos verdes y una amarilla entrelazadas para representar la silueta del trofeo del Mundial, será el logotipo de este nuevo encuentro que demostrará los talentos de los brasileños y su gusto por el trabajo. Siempre orgullosos de los colores de su bandera, Brasil 2014 será una cita llena de la alegría desbordante del Gigante Sudamericano.
Ahora los dejo con otro fragmento del libro El fútbol de sol a sombra de Eduardo Galeano, dedicado a los domadores de leones y balones de este deporte: el árbitro y el arquero.
Este último partido del mundial sudafricano fue muestra del buen arbitraje necesario en cada encuentro, más aún cuando se decide un lugar tan preciado; así como del desempeño extraordinario de los porteros, en particular el español Iker Casillas, quien recibió el trofeo Guante de Oro de la FIFA al guardameta más destacado del Mundial de Sudáfrica. Ahora, disfruten con Eduardo Galeano:
El árbitro
El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden.
Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
El arquero
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.
Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.
Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.
Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.

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