Final sudafricana: ¿pulpos o loros?

Como un encuentro de titanes puede clasificarse la disputa por el 3er lugar de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, que al parecer ha reservado los mejores momentos y goles para sus partidos decisivos. Del supuesto desánimo de Alemania se sintió bien poco en esta penúltima jornada, y los uruguayos salieron con todo y por todo hasta el instante final.
Pese a llevarse la victoria los teutones, merecida por su desenfadado modo de jugar… los uruguayos hicieron sentir su manera exquisita de mover el balón en el campo y estuvieron, hasta segundos antes del toque final, batallando por la presea bronceada. No por gusto los latinoamericanos serán recibidos en su país como si portaran una medalla, pues demostraron ser una de las selecciones más completas de este mundial.
Hoy será otro fantástico juego entre España y Holanda, dos selecciones que han hecho historia en la tierra de Nelson Mandela, y se han crecido de un juego a otro.
¿Quién iba a pensar que tras comenzar el mundial con el pie izquierdo, España estaría colada en la final futbolística? Aunque era y sigue siendo una de las favoritas de esta cita cuatrienal, aquel primer choque representó un mal augurio para su fanaticada, pero los ibéricos han irrumpido en este mundial con un ritmo gitano desenfrenado y habrá que ver si los holandeses pueden pararlos.
Pero, aunque por mis raíces españolas quisiera ver una victoria hispana, ¿quién en Cuba no desciende de la Madre Patria? No se puede dejar de reconocer a los holandeses, quienes históricamente han tenido dos oportunidades de alcanzar la Copa futbolística y ese mal sabor de seguro no lo quieren repetir otra vez. Además, un viejo proverbio reza que a la tercera va la vencida.
No obstante, este mundial ha demostrado que el deporte continúa siendo una cajita de sorpresa y más aún una moneda al aire que tiene dos caras, pero un solo ganador. Y si desde Alemania, el pulpo Paul augura la victoria española; desde Singapur, el loro Mani escogió la carta holandesa como vencedora de esta final. Como para volverse locos y seguir en la incertidumbre de quién alzará el ansiado trofeo sudafricano.
El terreno lo dirá todo, en 90 minutos se decidirá un nuevo campeón del mundo y Sudáfrica pasará a la historia del fútbol como uno de los eventos que más trabajo le ha costado descifrar hasta al más ducho en la materia. Pero no especulemos más, disfrutemos un rato de la tinta del uruguayo Eduardo Galeano, hoy con otro fragmento de El fútbol a sol y sombra, dedicado a los máximos ganadores de cada encuentro: el fanático y el hincha.
El fanático
El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar.
En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.
El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.
*Fotos tomadas de Cubadebate

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