3, 2… la Copa se nos va

Hoy se disputa el tercer lugar de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, un juego no muy deseado, pues después de haber tenido la oportunidad de saborear el 1er lugar o al menos el pase a la final, los jugadores salen al terreno con los ánimos mermados.
Así se sentirá Alemania, quien ha tenido una de las mejores actuaciones en este torneo, quien seguirá siendo una muralla de hombres ante cada intento de gol, quien juega por instinto con una fiereza propia de leones, de titanes… pero lamentablemente, al igual que en otros años se quedó con las ganas de más, de la victoria. En el 2006 en su propio patio, hoy en suelo africano caen lágrimas teutonas.
Así se sentirá Uruguay, dirían los más escépticos… pero los fanáticos de este equipo, estén en su suelo patrio o en cualquier otro rincón latinoamericano, agradecen a los celestes por brindar una de sus mejores actuaciones en décadas y pintar de América esta final futbolística dominada por los europeos. No fue la esperada tinta blanca y azul de Argentina, pero la selección del Uruguay sacó la cara por los del lado de acá del planeta y se les agradece la energía latina desprendida en sus juegos.
Como sea, este de hoy será un gran juego, sin pulpos y cotorras que adivinen al ganador como hicieron con los finalistas, con menos audiencia que los otros partidos… como sea, como salga, este juego será de todos, así como lo han sido cada uno de los partidos de este mundial que a falta de goles, nos ha dado mucha alegría.
Y para continuar el conteo regresivo para la final de Sudáfrica 2010, les regalo otro fragmento del libro El fútbol a sol y sombra del uruguayo Eduardo Galeano. Ahora con especial énfasis en el ídolo y el jugador de fútbol, en quienes los fanáticos ponen sus esperanzas para ganar los partidos y la tan ansiada victoria final.
Será mañana, a las 2:30 pm –hora de Cuba- cuando se enfrenten en la batalla definitiva España y Holanda. Mientras tanto disfrutemos hoy de un buen encuentro entre Alemania y Uruguay, donde darán todo en el campo, tanto corazón como Eduardo Galeano nos brinda en estas líneas:
El ídolo
Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.
Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.
La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.
-¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!
La pelota ríe, radiante, en el aire. Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán.
Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:
-¡Con la herradura no!
La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:
-¡Momia!
A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.
El jugador
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.
*Fotos tomadas de Cubadebate.

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