¿Escritor o periodista?

Al presentar la sección Cronistas de su tiempo, las palabras del periodista y Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, recogidas bajo el título El mejor oficio del mundo me sirvieron de pretexto. No obstante, tengo que ser fiel con el creador de esa frase, Alejo Carpentier, cubano universal que legó a cada uno de nosotros una gran obra que hoy puede ser disfrutada en cualquier biblioteca de esta isla y el mundo.
El primer texto que leyera de Carpentier me costó un trabajo inmenso entenderlo, eran muchas imágenes enrevesadas con la manera peculiar de este escritor que no me daban momento para comprender algo de cuánto se decía. Tengo que ser franco, El reino de este mundo ha sido unas de mis lecturas más difíciles, y solo en el último momento, en las últimas páginas de aquel texto, logré entender lo que se empeñaban en explicarme como lo real maravilloso.
Cuando a mis manos llegó El periodista: un cronista de su tiempo, conseguí aterrizar a Carpentier como otro cubano más, ya no eran esas palabras rebuscadas, las metáforas inexplicables, la historia escondida en una prosa superior. Era un hombre pausado, comprensible para cualquier persona o joven que como yo se acercaba al periodismo y veía en los grandes de ayer, la lección más certera de hoy. Gracias a ese texto me enamoré más de esa profesión u oficio, e incluso la desmitifiqué un tanto.
Cuando la Universidad de La Habana le otorgara el título de Doctor Honoris Causa a Alejo Carpentier en 1975, ofreció una conferencia el 15 de enero en el taller “Alfredo López” del periódico Granma, donde dejó bien claro que para él la labor del periodista es una escala imprescindible para el oficio de escritor. Sea este cronista quien nos explique esta afirmación:
Se suele decir escritor y periodista, o periodista más que escritor o escritor más que periodista. Yo nunca he creído que haya posibilidad de hacer un distingo entre ambas funciones, porque, para mí, el periodista y el escritor se integran en una sola personalidad.
Podríamos definir al periodista como un escritor que trabaja en caliente, que sigue, rastrea el acontecimiento día a día sobre lo vivo. El novelista… es un hombre que trabaja retrospectivamente, contemplando, analizando el acontecimiento, cuando su trayectoria ha llegado a su término. El periodista, digo, trabaja en caliente, trabaja sobre la materia activa y cotidiana…
El periodista, urgido por la noticia, obligado a someter el acontecimiento, la narración del acontecimiento, la relación del hecho, a proporciones ajustadas a la importancia del hecho mismo…, habituado a ceñirse, habituado a decir lo más posible en el menor espacio de periódico, adopta lo que yo llamaría “un estilo elíptico”, un estilo apretado, estilo que consiste en suprimir, toda la disquisición, todo elemento ajeno a su relato directo del hecho.
Su estilo se hace en función de síntesis, de brevedad; con la nota humana, el detalle característico, el trazo revelador, significativo, puesto en su justo sitio. Es decir, el periodista ha de tener un espíritu de síntesis dentro de la visión de conjunto reducida a unos pocos rasgos esenciales.
El novelista, en cambio, tiene lo que podríamos llamar “el estilo analítico”, que acepta la disquisición, la conclusión filosófica, el examen de un hecho visto en su totalidad. Luego, puede extenderse más, puede desarrollar más. Y el relato de un suceso, que en técnica de periódico ha de resolverse en cuartilla y media, ofrece al novelista, si es que tiene que decir algo en torno al hecho, si cree oportuno poner allí algún comentario, alguna disquisición que resuma su pensamiento y su filosofía, la posibilidad de extender ese mismo material y hacer con él un capítulo maestro que tenga 15 ó 20 páginas en máquina.
Diríamos, para emplear la terminología hegeliana, que para el periodista el procesos dialéctico se realiza y se prolonga al infinito. Cada acontecimiento es tesis, antítesis, síntesis. Síntesis que se vuelve tesis, antítesis, sin tesis, que se vuelve tesis, hasta el infinito, mientras el suceso o hecho histórico que él narra se prolonga. Para el novelista la acción se encierra en la primera síntesis. Expone un hecho, sus contrarios antitéticos, y cuando logra la fusión o síntesis de ambos elementos, ha cumplido con su misión.
Se ha dicho, equivocadamente, que una cierta rapidez de estilo –esto que llamaba yo el estilo elíptico- podía ser perjudicial al escritor. Y yo digo que esto es absolutamente falso.

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