La preemiencia del amor

Mis primeros acercamientos a la Biblia fueron unas historietas ilustradas sobre la historia de José, el que descifraba los sueños. Recuerdo aquel librito, sin unas cuantas páginas, que me decía desde la simpleza de sus palabras y las caricaturas idóneas para mi mentalidad infantil, todo el amor que se encuentra en la Sagrada Escritura, pero sobretodo el conocimiento de la naturaleza humana en cada una de su facetas.
Aún hoy no me he leído la Biblia en su totalidad, sería pretencioso creerme conocedor de todo cuanto se dice en ese milenario texto que ha dado tantas religiones e interpretaciones de un mismo mensaje: el amor de Dios y el perdón eterno que debe empezar por nosotros mismos, si se piensa obtener en algún otro lugar prometido.
Hoy conservo entre mis libros de cabecera aquella historia de José, no digo la Biblia entera, aunque reconozco que gozo a cada rato de leer algunos de sus textos. Pero sobretodo guardo celosamente, entre todos los escritos que atesoro en mi agenda, La Leyenda de Alberto, uno de los pasajes más bellos y más citados de la Palabra de Dios.
Cursaba el bachiller en la escuela Mártires de Humboldt 7, de San Antonio de los Baños, cuando una amiga se acercó a mí con unos cursos para ayudarme a entender la palabra de Dios. Era entonces muy ingenuo, un poquito rebelde y con ansias de cambiar el mundo, aun cuando fuera en contra de religiones, asignaturas y hasta mi propia familia. Aún lo sigo siendo, hoy un poco más reposado.
Pues entre tanta palabra bien orientada y con un caudal de conocimiento exquisito para disfrutar, encontré La preeminencia del amor… Desde aquel entonces acompaña mi vida, dándome un poco de ABC de ese sentimiento que ha cambiado la historia, construido naciones y hermanado a los hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales. Hoy lo disfruto más, dichoso de vivir y sentir el amor como nunca antes.
1 Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.
3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;
6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabara.
9 Porque en parte conocemos y en parte profetizamos;
10 mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, deje lo que era de niño.
12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
(De la Primera Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios)

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