¿Cambiamos el mundo?

Hola a todos, hoy les propongo la última parte de las palabras de Eduardo Galeano sobre el consumismo. Una crónica genial, que nos sitúa en la cruda realidad actual, de la que necesitamos despertar porque sino los patrones de adquirir, consumir y desechar terminaran con todos y cada uno de nosotros. En la edición cero de la nueva publicación de la Universidad de La Habana, La Colina, encontré un cartel de Yahilis Fonseca, estudiante de diseño que denuncia de manera sencilla este fenómeno.
Antes de darle paso a Eduardo Galeno, no quisiera pasar por alto el cumpleaños 15 de mi hermano Adriel, una edad que muchos suelen tomar como punto de salida de la niñez, para dejar atrás todo vestigio de timidez infantil y abrirse así al mundo y a la sociedad del consumo. Una edad en la que las quinceañeras tiran la casa por la ventana, aún si no hay de dónde sacar. Fiestas, ropas, zapatos, fotos con trajes de épocas y estilo Playboy-, y hasta la añorada computadora llega con los 15 años de ternura que cumple la niña y el niño, por supuesto. Pero no quiero criticar los 15, solo apunto ideas vagas, felicidades a mi hermano Adriel y ahora dejemos a Galeano finalizar esta crónica, que como él dice, es acerca de pañales y celulares:
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo, pegatina en el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

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