Gracias señor maniquí

Salir de compras o ir a la shopping, como se dice popularmente en Cuba, es una de las mayores satisfacciones de cualquier persona. Es la oportunidad de reeditar el cuento de la Cucarachita Martina con la archiconocida frase ¿qué me compraré?, pero cuando no recibimos ni una mirada en las tiendas recaudadoras de divisas y/o CUC o en cualquier establecimiento, la experiencia no es tan gratificante.
calle Obispo, La Habana, Cuba
El hecho que me impulsa a escribir estas líneas sucedió en la tienda La Francia de la capitalina calle Obispo, donde unas tenderas, entiéndase esas personas de sonrisa Colgate, prendas de oro y celular incluido, hicieron sentir a un amigo como otro maniquí del local.
Fueron más de diez minutos a la espera de un alma que atendiera la simple pregunta de mi tocayo sobre unos shorts. Alma que aparecía como una estrella fugaz, pues tenía un pasilleo detrás del mostrador que pa´ qué y ni siquiera pedía un momento al cliente que esperaba ansioso por la merecida atención.
Lo curioso del incidente es que junto a la hormiguita retozona estaban otras tres tenderas con celular y conversación a todo volumen para el auditorio que esperaba, y al haber problemas mayores en el mundo como la crisis económica, la contaminación ambiental y las guerras, ¿qué significaba ese episodio? Una falta de respeto por lo cual nos retiramos.
No comprendo por qué con tantos derechos y deberes del consumidor, libros de quejas y el añorado mejoramiento de los servicios , ya observados en algunos centros de la capital cubana, sucesos como este aún tengan lugar.
Cierto que a veces las personas solo van a mirar, no se compran –como se dice- ni un chicle, pero aún así, todo el que se pare delante de un mostrador en cualquier centro comercial o tienda debe ser atendido por el dependiente, o al menos recibir esa grata pregunta ¿Desea algo? Ahí si nos sentimos identificados , y si por casualidad no tenemos ni un kilo se nos cae la cara.
Recuerdo que de pequeño, aún cuando mi edad no excedía un dígito, entré a una tienda en Cárdenas, y vi a una persona tan agradable y cordial que decidí saludarla. Para mis ilusiones infantiles fue una gran pérdida y entre mi familia, una burla: ese ser ideal era un maniquí.
Hoy, ante episodios como este, son muchas las preguntas que invaden mi mente. ¿Acaso no hay normas establecidas para atender a los clientes como uno se merece? Sé que sí, pero ¿dónde quedan archivadas, en la computadora, en papel? ¿Por qué no se graban en la mente de los dependientes y se reflejan en su comportamiento? No debe costar mucho ¿o sí?

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