Amores, desamores y épocas para recordar

Se nos fue la jornada del amor y la amistad, esa que bien haya sido la despedida o el inicio de una semana más de nuestras vida, ese casualmente domingo 14 de febrero que solo sirve de pretexto para reconocer una vez en el año y de manera oficial la debilidad del hombre por el amor, pero que algunos preferimos festejarlo a cada instante, sabiendo que gracias a este sentimiento la existencia de cualquiera puede cambiar por siempre y de manera radical.
Amor, corazón flechado por Cupido
Nunca me ha gustado ser base material de estudio y mucho menos rata de laboratorio, pero cuando has tenido la suerte de experimentar el amor para bien, y te comparas con lo vacío y desorientado que estabas antes solo te queda tratar de que otros sientan como tuya tu alegría y compartir con ellos el cambio experimentado.
Los textos que a continuación reproduzco los escribí en mis tiempos de becado, cuando unos edificios en pleno campo, mis amigos y un amor frustrado fuera de ellos hizo de aquellos días una época para recordar. Hoy por suerte la historia ha cambiado en su esencia, aún continúan las barreras, siguen buenos y nuevos amigos apareciendo, pero lo más importante es que al fin he encontrado un amor recíproco y único en mis días.
“A mis ojos y a mi corazón, después de haber chocado con la misma piedra –la de un amor no correspondido e inmaduro- una y otra vez, el amor ha quedado como lo más difícil del mundo, lo inalcanzable de la felicidad, la ilusión de lo vano, el eslabón perdido en mi cadena de evolución. Mas, he aprendido a revolcarme en sus sábanas sin perderme en sus laberintos, a despertar de él y con él, a crecerme de una relación a otra y aunque la mayoría han sido fugaces, las que tuvieron su eternidad supieron enseñarme que para amar a alguien hay que empezar a amarse uno mismo, que no se necesita a alguien hasta que se deja volar y que una relación de pareja no es más que el renunciamiento de nuestra vida para hacer una nueva en la que reine el respeto, el cariño y el afecto mutuo sin que esto implique la pérdida de las raíces personales.”
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“Al sentir la sed de una vida más allá del ir y venir sin sentido y rutinario de un lugar a otro que no marca la diferencia, atino a perderme del mundo e ignorarlo, a refugiarme en la tinta reveladora de esta pluma menuda y maltrecha –nada más distante de mi estado actual- y a llorar a través de ella porque mi alma no encuentra consuelo en ningún ser, ni amparo en algún corazón que tenga la necesidad de reír, querer, amar, gozar, sufrir, padecer, pero sobretodo vivir, pues cuando se acaba esa fuerza interna sustancial por la que obramos no hay más, no hay nada, solo un cuerpo inerte y sin recuerdo que se pierde en los vientos del olvido. En cambio, si vivimos a plenitud y de lo lindo seremos ricos en vida y recordados en muerte. Y es que la plenitud está en darse, en construir para la vida eterna, en hacer un mundo distinto, en amar y ser amado con todos y por todos aquellos con los que te relacionas. La plenitud salta desde el interior y no quema las cosas ni la vida, no te arrojas sobre ella con ansia, sino con capacidad de entrega y de darse.”

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