Acompáñame a estar solo

No es la canción de Ricardo Arjona, aún no me ha dado por eso. Acompáñame a estar solo, es un acercamiento al fenómeno de la industria cultural que realizara con la ayuda de un amigo para un  trabajo final de Filosofía, no pretendo reproducirlo íntegramente, sé que dicha asignatura le ha colmado la paciencia a más de uno, solo propongo unos fragmentos de este análisis.

Medios de comunicación
En un mundo supuestamente racional, donde cada uno debe ser responsable de sus actos, donde no se admite caer la culpa -reza un proverbio popular que la culpa es de cristal-, un fenómeno tan sano en su nacimiento, generador de bellezas creadas por el propio hombre: la cultura, se manifiesta de manera neutral respecto a los fines de la acción humana. Por tanto, a la cultura por sí misma no se le pueden imputar intenciones fijas o preestablecidas, ya que sus fines son los que el hombre, sujeto racional y moral que la produce, se proponga. Aquí radica el problema para los filósofos alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer, pues  los fines y objetivos de los monopolios pueden hacer que la cultura sea medio de control y manipulación de masas.
Las manifestaciones estéticas forman o promueven lo que estos autores llaman el “ritmo de acero”, que no es otra cosa que la utilización del desarrollo técnico al servicio de las manifestaciones estéticas, es el ritmo duro y acelerado de la reproducción técnica que homogeneiza al hombre y sus circunstancias.
Como ejemplo de esto colocan el desarrollado de las ciudades pues en un mismo espacio comparten casas antiguas y grandes centros comerciales e industriales de hormigón, que hacen ver a esas casas antiguas como “suburbios” y, si no suburbios, “cosas” inservibles; mientras en las “afueras de la ciudad”, los nuevos diseños residenciales expresan, alaban y elogian el ritmo de acero a través de estructuras superdinámicas que hacen uso de todos los progresos técnicos existentes, y a su vez, parecen resaltar que están diseñados para ser desmantelados en cualquier momento.
Esta situación, consideran los autores, es simplemente una demostración del modelo de la “nueva” cultura del hombre, pues esta estructura urbanística desarrolla una aparente planificación total de las actividades del hombre, pero en realidad hace perder su independencia una vez que se haya metido en esta planificación. “Toda cultura de masas bajo el monopolio es idéntica”. Es un círculo de manipulación y de necesidad que refuerza dichos estándares, donde el sistema se hace cada vez más fuerte. El negocio industrial no solamente controla la necesidad que podría, en algún momento, haber escapado a esta homogeneización, sino que además administra el control que ejerce sobre la conciencia individual y establece una falsa identidad entre lo universal y lo particular (Adorno y Horkheimer: 1994).
El paso del teléfono a la radio como medio de comunicación es uno de los ejemplos  más claros citados por estos filósofos. En principio, el teléfono aún les dejaba a los participantes una cuota de protagonismo, dejaba que cada uno fuese, al menos alternativamente y bajo una misma circunstancia, sujeto. Sin embargo, la radio hace que todos los oyentes se conviertan en objeto y los cautiva, en el sentido de que, los somete de manera autoritaria a una condición de objetos oyentes y los ata o los condiciona a diferentes programas en distintas emisoras, donde se presentan las supuestas opciones, pero que en el fondo son todas iguales entre sí. ( Adorno y Horkheimer: 1994 ).
La industria cultural ha logrado una “unidad” tan profunda, que ella misma establece algunas diferencias, de este modo hace distinciones entre películas clase “A” y clase “B”, o entre periódicos, donde las historias, artículos y noticias que éstos cubren hacen la diferencia entre un precio u otro. En el fondo, más que una distinción de contenido sustancial, sirve realmente para que los industriales de la cultura puedan seguir construyendo y clasificando a sus consumidores, para poder organizarlos y manipularlos en sectores previamente definidos bajo aquella idea, esa “falsa conciencia” sobre la posibilidad de diferenciación dentro de una unidad plenamente establecida, que está puesta al servicio del poder económico para penetrar en los sectores culturales.
“Para todos hay algo previsto a fin de que ninguno pueda escapar; las diferencias son apoyadas y propagadas artificialmente”, plantean Adorno y Horkheimer. En una entrevista realizada en uno de mis trabajos de curso a una socióloga sobre la moda en los jóvenes, esta respondía que en el caso de las tendencias actuales de la alta costura no hay una persona que se quede fuera de este fenómeno, pues el que no sigue la moda, o como se dice popularmente no está en “lo último” o bien es un “cheo”, ese también está envuelto en el fenómeno de la moda y para él, que se considera rebelde o ajeno a las tendencias del buen vestir, hay también una moda puntual.
Cli-ché
El ejemplo latente está en los grupos sociales que han pluralizado más la realidad cubana: los emos, freakis y otros, donde incluso se incluye a los reguetoneros. Recordar que este género se creó para criticar la realidad de pueblos marginales en países de Centroamérica, no obstante, actualmente llevar una ropa de ese estilo cuesta tanto o más que cualquier moda europea, solo pensar en el precio de los Converse, nos recuerda que la industria cultural se apropia de todo para convertirlo en mercancía y venderlo al por mayor. El peinado de cualquier artista de reguetón, sus ropas y accesorios son tan caros como los mismos Converse. Y ni hablar de la imagen del Che, símbolo de rebeldía, siempre en contra de la comercialización y ahora, parafraseo a un fotógrafo, es todo un cliChé…
“El esquematismo del procedimiento se manifiesta en que, finalmente, los productos mecánicamente diferenciados se revelan cómo lo mismo” (Adorno y Horkheimer: 1994, p.168) y se revelan cómo lo mismo puesto que la diferencia, esa diferencia mecánica, es una diferencia artificial, es una distinción creada a partir de una masa homogénea de la cual nunca se puede salir, de una unidad absoluta en la que no hay la posibilidad de que quede algo fuera de ella o fuera de su control.
Esta situación se expresa, por ejemplo, en las películas hollywoodenses cuando desde el inicio se sabe cómo terminará, quién será feliz, amado o despreciado, más aún, se expresa una vez que los chistes, los efectos especiales y hasta el número de palabras de los diálogos están perfectamente calculados para ser incorporados a la estructura establecida previamente. Para éstos la industria cultural se ha desarrollado con el primado del efecto, del logro tangible; del detalle técnico sobre la obra, que una vez era portadora de la idea y fue liquidada con esta (Adorno y Horkheimer: 1994, p. 170).
Público
Ahora lo vemos en las series de televisión o telenovelas, las cuales comienzan con un guión de 20 o 50 capítulos, según el género, además de la firma previa de los protagonistas de comprometerse a estar en escena el tiempo que guste el producto, pues al final en eso se convierte. Uno de los debates más grandes alrededor de estos géneros audiovisuales es si tienen que ser o no arte, se pudiera, no lo niego, llegar a hacer arte con uno que otro serial, pero el mismo ritmo de la actualidad, la competencia de otros espacios como ellos, no los deja hacer el arte en su acepción más pura. Solo en los seriales veremos la típica historia de felicidad, el bien contra el mal, el príncipe azul y la princesita de ensueño que nacieron para ser el uno para el otro, pero el letargo del público no queda ahí, como cualquier producto de comunicación moderno, está plagado de ropas de diseñadores, lugares sugerentes, automóviles, incluso maneras de comportarse y hasta bebidas que tomar. Sexo en la ciudad, uno de los seriales de factura estadounidense más famoso de los últimos tiempos, puso de moda en las jóvenes de la primera mitad de esta década el trago Cosmopolitan y los zapatos de tacones Chic, un todo en uno para que no hubiera tiempo de pensar.
Los productos de la industria de la cultura, incluso el cine, paralizan y objetivan las facultades de la imaginación y la espontaneidad propias del sujeto, pues aunque estos productos exigen rapidez en la intuición, capacidad para observar y cualidades específicas para lograr su apreciación, sin embargo, al mismo tiempo esta apreciación impide o limita la capacidad pensante, crítica e imaginativa del espectador si este no quiere perder detalle sobre los hechos que aparecen ante su mirada.
La exclusión de lo diferente por parte de la industria cultural denota de manera rotunda su incapacidad y su insuficiencia creativa. En la industria cultural, la posibilidad de lo diferente es remota, ya que en su unidad, todo gira en torno a ella. Tal vez por esto, la industria cultural es la industria de la diversión, ya que constantemente defrauda a los consumidores respecto de lo que les promete. Más aún, la industria con esta actitud no sublima deseos ni intenciones, sino los reprime con la exposición de objetos de deseo imposibles de lograr: la marcada silueta del cuerpo femenino en la pantalla de televisión o el cultivado pecho del galán de cine. La industria de la cultura no exhibe ninguna situación que estimule el deseo en la que no se asegure de exhibir también la “advertencia precisa de que no se debe jamás y en ningún caso llegar a ese punto” (Adorno y Horkheimer: 1994, p. 184).
En otras palabras, para los teóricos críticos el negocio de la industria de la cultura consiste en maquillar la cotidianidad de la que el sujeto se quiere escapar y ofrecerla como la vida maravillosa que todos quieren para sí, pero que pocos pueden tener, “la diversión promueve la resignación que se quisiera olvidar precisamente en ella”. En consecuencia, el engaño de la industria cultural no se basa en que es elemento de distracción, sino que daña el placer que podría ocasionar cuando se mezcla con los clichés de una cultura que se agota a sí misma. La industria cultural -comentan los filósofos negativos- es corrupta, pero no como la Babel del pecado, sino como Catedral del placer elevado.
Industria cultural
Lamentablemente continuamos sumidos en esa espiral, aunque ya la historia haya tenido una y esté condenada a fracasar en su intento, no se llega a nada, no se obtiene nada, pero somos parte de este ciclo vicioso y sin salida de la industria cultural. Al parecer en esta historia no habrá ganadores, ni perdedores, todos tenemos culpa en la industria cultural y solo nos queda sabernos influenciados, nunca  resignados, a los productos. Lo realmente valedero sería enfrentar la industria cultural, consumirla, vivirla, pero sabiendo siempre, que al final, no obtendremos nada, lo de nosotros lo ganaremos algún día. Consuma con mesura. He ahí otro posible slogan…
NOTA: Debo apuntar que utilizamos como referencia la filosofía de Max Weber, Theodor Adorno y Max Horkheimer.

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