MEDIOEVO, una época sin rosas

Con la adaptación cinematográfica de la primera novela de Umberto Eco, he sentido la realidad de la Edad Media vista desde los ojos de un joven monaguillo y un fray consagrado en las cuestiones de Dios e incluso en las más atroces barbaries de la Iglesia Católica: la Inquisición. El nombre de la rosa, que me hubiera encantado saber, así como el de la abadía franciscana, expone al hombre de aquella época en todos sus detalles, pese a no contar con la vida de los grandes monarcas que ya refiere mucha de la literatura universal.
El nombre de las rosas película
Este filme del director francés Jean-Jacques Annaud, adaptación del libro de Humberto Eco, denota el control total de la iglesia sobre los individuos desde el mismo inicio, tanto así que el narrador de la historia prefiere callar el nombre de la abadía. Por aquellos tiempos la santa representación de Dios en la tierra tenía en sus manos todo lo concerniente al hombre y se aprovecharon, junto a los centros de poder monárquicos, de esos siglos oscuros para ser los señores de la humanidad.
En la escena cuando llegan los enviados del Papa se ve claramente como la Iglesia era sostenida por el pueblo, por las personas que aún cayéndose en el fango, continuaban impulsando la carreta para que llegara a lo alto de la colina, no creo que así lo hayan hecho a la estima de Dios.
Esos siglos de dominio eclesiástico, pese a caracterizarse por la escasa comunicación entre los pueblos ya que las distancias eran considerables, consolidó los mecanismos de dominación de la Iglesia. Solo la construcción de los templos con toda la magnificencia de los castillos que ahora nos asombran por su fastuosidad arquitectónica y escultórica, con sus grandes arcos en las entradas, las torres fortificadas –testigos silenciosos de la primera muerte de la historia-, y las gárgolas horribles e intimidantes, recuerdan la fortaleza de la Iglesia al hombre y eran señales constantes de que el Diablo, la maldad, está presentes en la vida y solo Dios podía salvarnos de la desdicha.
Los hombres hacían filas para entregar el diezmo a la Iglesia en cambio de la protección y la sabiduría de esta institución y el reinado. Las personas eran maltratadas y utilizadas en trabajos agrícolas para llenar la panza de los santos franciscanos que se dedicaban a predicar la palabra de la Biblia. No tenían ni una gota de conocimiento, todo lo controlaban los enviados de Dios pues la inseguridad de la institución era tanta que temían perder, como perdieron, aunque sigan existiendo hoy, el poder sobre los hombres. El bibliotecario Jorge de Burgos, quien escondía el segundo libro de Poética de Aristóteles, recelaba de todo saber ajeno de la Iglesia que fuera a acabar con la credibilidad de la santa palabra y es él, precisamente, el fanatismo religioso personificado.
La Biblia estaba en el centro de cualquier actividad intelectual o de enseñanza de la época, el padre de Adso de Melk encomendó la educación al fray Guillermo de Baskerville quien en cada sabiduría que transmitía a su discípulo se basaba en algún pasaje del Libro Sagrado. Todo aprendizaje se consideró como una mera preparación para la comprensión de la palabra de Dios. Y es que la Iglesia controlaba los principales instrumentos de comunicación de la Edad Media, era el poder que transmitía al pueblo la escasa información pues controlaban la circulación de esta. Según Manuel Vázquez Montalbán, estos instrumentos eran soportes de escritura, conocimiento de la escritura, tecnología de la persuasión, posibilidad legal de informar y conformar y conocimiento cultural, todos en manos de la Iglesia y los reyes que mediaban esta institución.
Los franciscanos de esa abadía eran reconocidos por sus grandes estudios y traducciones de obras de diferentes lenguas, refiere en una ocasión el fray Guillermo, y es que en esta época la actividad cultural giraba en torno a la conservación y sistematización del conocimiento del pasado y se copiaron y comentaron las obras de autores clásicos. Entonces es sui géneris como un libro dedicado en su plenitud a la risa es prohibido entre los propios franciscanos. Peor aún, sentimientos como el amor entre hombres y mujeres, entre seres humanos, es censurado por la Iglesia, por desgracia aún hoy en la actualidad se prohíbe ese tipo de relación entre sus devotos contrario a la principal prédica de la Biblia que es la reproducción de los individuos por amor. ¿Acaso se puede considerar un ser inferior a la mujer cuando la vida de cada uno de nosotros es concebida en su vientre? Toda una paradoja.
El debate de si Jesucristo, el hijo de Dios, usaba ropas prestadas o no denota que la Iglesia estaba tan ajena de los problemas de los hombres comunes, como toda la Edad Media; no sabían cubrir las aspiraciones mínimas del ser humano como ser social, ni tan siquiera querían sentir el extraño olor de las rosas.
PD. No obstante lo expuesto, a esta etapa se le agradece…
tipos de monjes

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