Revitalizan gastronomía en 23

Todo un titular para uno de los periódicos nacionales de Cuba, mas puede sonar hipócrita a los oídos de quienes, desandando las calles de Ciudad de La Habana, terminamos necesitando de cualquier «cosa» comestible de las cafeterías y restaurantes de la calle 23 en el Vedado.

Es innegable el hecho de que al circuito de la Rampa capitalina se le ha inyectado una fuerte dosis de nuevas ofertas, con los Cafés literarios entre lo más atractivo. No obstante, el aumento de las ofertas gastronómicas debe ir de la mano con el respeto al consumidor, que se exige en muchos lugares y parece encontrarse solamente en la televisión.

cafetería F y 23, Vedado, La Habana, Cuba
No se les pide la excelencia, que bien se podría, tan solo hacer confortables y agradables la segunda y tercera categorías, pues esa primera…ay, existe no más que para los que manejan  la moneda libremente indivisible (CUC).

¿A qué vendrá tanto arranque gastronómico?, ya se preguntarán algunos. Y es que una visita a la recién reparada cafetería de F y 23 me hizo garabatear estas líneas, pues después de toda una aventura, sin mucha acción y un poco lenta, necesité desahogar mis penas.

Descifrar una mesa vacía fue el primer desafío, cuando logré sentarme a disfrutar de unos spaghettis para aplacar mi necesidad de comer algún alimento, supe el por qué nadie se había sentado: las huellas de los que me antecedieron aún estaban latentes en la mesa.

Como una loca se movía de un lado a otro, la camarera, quien sola atendía un salón de casi diez mesas, la pobre me pasaba por el lado y nome hacía ningún  énfasis, llegué a sentirme ignorado.

Lo mismo hizo con unos muchachos que me acompañaron para darle tonos a la espera, o mejor, des-espera-ción. Su aptitud era comprensible al ver su «despiste» y por su «facha» no sabía  si ya era trabajadora o seguía estudiando en un politécnico: el pantalón, por suerte no sayita, a la pelvis contrastando con una blusa que dejaba al descubierto la mitad de la espalda y hace calor en La Habana, pero no es para tanto.

En otros lares de la cafetería , precisamente en la barra, un pretendido chef vendía los perros calientes a las dos manos y al mismo tiempo despachaba cigarros a uno que otro cliente. Otro vendía refrescos, una muchacha fregaba detrás del mostrador, pero entre todos ellos, solo una hormiga, disculpen, camarera trabajaba.

Media hora de paciencia, ni con las guaguas se espera tanto; la hormiguita obrera se acercó con cuchillo y tenedor , sin servilletas, que puso encima de la mesa, solo los míos,  y  mis compañeros de infortunios pensaron en chupar los spaghettis.

Y, qué va! Primero le sirvió a los muchachos, y sin yo decirle una palabra me dijo que ya salía el mío: sí, ya salía yo de la cafetería sin comer…pero no, después de todo ¿qué película vale sin final?

No iba ni por el segundo bocado cuando se apareció risueña: por favor, para cobrarles ahora…

Esto está peor que en Coppelia!!!, reventó uno de los acompañantes y a esa hora añoré un helado, pero me negaba a vivir otra aventura semejante en la revitalizada arteria de la capital de todos los cubanos.
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